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En una fiesta de graduación

Para Carmen Elisa

1.- La anciana dijo tardaré un poco en preparar el desayuno. Esa mañana antes de la fiesta de graduación disponía de tiempo para disfrutar de un solitario desayuno junto al mar –frente a la cerca corría un muro pintado de blanco que en lo alto lucía una ventana con el marco pintado de azul, no puedo decir una aproximación de su tamaño, en el mar muros y ventanas cambian de dimensiones con la marejada, desde la mesa pude mirar tablas, cuerdas, boyas, el polvo de la habitación cerrada. La anciana regresó con el desayuno, café, panes, huevos revueltos con jamón. Rumbo a la playa pasaron unos perros, alegres movían la cola. Al concluir el desayuno pude ver el arremolinado mar solitario, el oloroso romperse de la espuma sobre la playa de Zipolite. Por un momento, entre el rugir embravecido brotó el silencio, desde la mesa pude ver que la ventana parecía crecer; que los cristales empañados esperaban que alguien asomara para ver la playa, el mar. En la carretera apretó el sol, pero la brisa marina refrescaba la sombra de la enramada. Frente a la mesa, en la arena, llegué a ver una planta que florecía –el tallo oscurecido por el aire salado-, de las casi secas ramas colgaban pequeñas anonas.

2.- Por la carretera que baja de Puerto Ángel a Zipolite en julio, arde el pavimento que abre la selva. Pude mirar entre los árboles, en lo alto de la loma, pensativas viviendas de concreto con el corredor de piso rojo, limpio, que miraban hacia el mar. Las casas crecen entre la sombra de los árboles, como frutas exóticas. Bajo el sol, desde la loma del camino se imagina el caserío junto al mar, las canchas de básquet y futbol, los callejones y restaurantes, pizzerías. Las motocicletas conducidas por mujeres con el cabello quemado por el sol. Al terminar la ceremonia de graduación regresé con Carmen por la carretera, ella traía un sombrero azul, descendió con su título pegado al pecho, mare nostrum… con ella hablé de la tripulación de locos que descendió en el siglo pasado de un barco de prácticas pesqueras, el ferrocemento. El plantel universitario con modernas instalaciones, el auditorio adaptado con clima artificial, antes fue internado de educación técnica pesquera, espacio de literas y talleres. Salimos de la carretera a la altura del gimnasio, la fonda, para meternos en las sombras de la selva. Subimos la empinada cuesta, en la cima tres perros celebraron nuestro regreso; nunca llegué a ver el mar desde la cuesta, aquella fue la caminata de celebración por concluir los estudios como bióloga marina. 

3.- No hay celebración sin congojas. En la noche de la fiesta de graduación de Carmen había resfriado. Un grupo de aquella generación que terminaba sus estudios ofreció la cena a familiares y amigos –cerdo al horno, puré de papas- en el amplio patio de un hotel (tengo mala memoria, olvido el nombre de los hoteles). Las fiestas en la playa confían en que baje el calor con la noche. Tocaba un grupo musical, pero en el ambiente se percibía el aire apretado de las despedidas, el final. En la pista se formó un gran círculo de bailadores, todos reían. Junté tres sillas y me recosté junto a la mesa, como un ebrio. Carmen bailó, me despertaron hasta la hora del regreso, enfermo y feliz

4.- Por la mañana, en la terminal de las camionetas, documenté mi equipaje. Me esperaban seis horas de camino, enfrentaba lo peor del resfriado, vendrían curvas y montañas, abismos, horas sin término. En Miahuatlán abrí los ojos, luego volví a dormir. Soñé con peces y estrellas de mar, perros. Mare Nostrum Veritabile Faciendum.




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