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Rocío González, maestra, amiga y poeta

GUADALUPE ÁNGELA *

Rocío, la maestra

Conocí a Rocío en 1996, en la Casa de la Cultura de Oaxaca, dirigía un taller de poesía y de creación. Entrar a ese curso me llenó de alegría. Éramos varios integrantes quienes asistíamos y nos impresionaba su dedicación, pero a mí me asombraba sobre todo su constante paciencia. Nunca descalificaba. Había un hombre que no tenía idea de lo que era el lenguaje literario, pero ella escuchaba y de repente hallaba una frase y entonces le mostraba el camino a partir de esa imagen conseguida. También me sorprendió el día que presentó una antología de escritores novatos, Rocío rescató el verso más afortunado de cada uno y con ellos construyó un poema a manera de exposición de los textos.

Fue mi primera maestra de estudios literarios, aunque no estuviéramos en una universidad o escuela, ella nos describía detalladamente el panorama de la literatura mexicana, así como los gestos del lenguaje literario que intentábamos reproducir en nuestros primeros textos. Después regresaría a Ciudad de México, sin embargo, años más tarde, vendría a impartir un curso de Filosofía del Lenguaje, en Casa San Agustín, eventualmente este curso formaría parte del plan de estudios del Doctorado en Estudios Críticos del Lenguaje, con esa materia se inauguraría el posgrado que actualmente ofrece la Facultad de Idiomas siendo ella un pilar para el campo formativo del Lenguaje y de la Literatura.

Rocío ha procurado vías alternativas, lejanas a las convicciones, incluso en el salón de clases, nunca era el típico soliloquio de una doctora académica, sino el debate, las actividades lúdicas, desafiantes y raras como caminar y escribir al mismo tiempo –hábito de Nietzche, de quien hablaríamos, también, por ella, supimos de Wittgenstein, Heidegger y Gadamer, los filósofos del lenguaje. Ella misma es, además de maestra creativa, una filosofa del lenguaje y de la vida misma.

Rocío, la amiga  

̶ Unas amigas y yo  ̶ me dijo ̶ estamos viendo la posibilidad de irnos juntas a Cartagena de Indias, ¿te animas?

̶ ¿Yo? ¡Híjoles! aunque sea a paguitos, me lanzo  ̶ le contesté.  

No eran 2 amigas, ni 3, éramos 10 mujeres en total, sí, al borde de un ataque de nervios, diez personalidades, diez edades que variaban de los 11 años hasta los sesenta años quizás; unas chilangas, otras oaxaqueñas, pero sobre todo, istmeñas y una francesa. Eso sí que era un merequetengue, todas queriendo hablar al mismo tiempo, una locura, sí, como un filme de Almodóvar, pero en Colombia. Lo que sí teníamos en común era el afecto hacia Rocío, un cariño de ida y vuelta. Rocío, además de profesora y poeta ha sido una gran amiga de muchas mujeres porque crea relaciones comprensivas, divertidas y amorosas.

Así, pues, nos puso a prueba, diez días, en la bellísima ciudad de la tierra de los realismos mágicos, razón por la que la escogió para transformarnos en mariposas amarillas revoloteando sobre rocío.

Rocío, la poeta

Alguna vez escribí una pequeña nota sobre el trabajo de Rocío, a la que titulé: “La zurcidora de metáforas” y pienso que ese oficio la describe bien; en Juchitán el bordado es una actividad muy cotidiana: crear las flores de los huipiles y de las enaguas, Rocío también ha bordado desde su temprana juventud, pero metáforas de las más profundas penas, de la alegría de la infancia, de los atrevimientos de juventud, de la inesperada enfermedad, de los complicados amores y sobre todo, diría del mismo lenguaje. Su propia poesía es en sí un estudio del lenguaje.

En 1997, en uno de los salones de Humanidades de la UABJO, Manuel Matus invitó a Alberto Blanco para impartir un taller de creación –ahí estuvimos poetas incipientes y escritores con mayor trayectoria. El poeta nos puso una serie de ejercicios durante una semana a partir de la obra de escritores norteamericanos, así como de la música y de la poesía visual. En una de esas mañanas escribimos acerca del duelo. Algunos en silencio lloramos suavemente. A medio día Rocío leyó uno de sus poemas más bellos y poderosos: “La verdad interior”, que más tarde revisaría y publicaría.  Ese poema es, para mi experiencia lectora, un ejemplo de la maestría de Rocío en la creación de metáforas; inicia así:

Mi hermana soñó con un delfín/ agonizando en un huevo de vidrio./Esa noche el relámpago fue una/ interminable/ dentellada sobre el viscoso cuerpo/ de un delfín grisáceo./

Ese poema fue parte del libro Las Ocho Casas, un trabajo literario que realizó Rocío a partir de I. Ching, un libro filosófico chino que habla del destino  ̶ cuando se lanzan al aire unas monedas y entonces se indican las páginas donde hay una posible respuesta a lo que acontece.

Una de las pérdidas que marcó la escritura de Rocío fue la de su hermano Amadeo, una influencia esencial para su formación literaria. Veremos a Amadeo, en varios textos, como una imagen de la pérdida de lo que más amamos. Quizás, por eso, algunos críticos literarios la consideran una poeta confesional al tomar como leitmotiv sus experiencias personales. Rocío, a través de su amplia producción, ha explorado diversas formas, desde el poema narrativo, los juegos del lenguaje que se colocan en caracol en la página, los tropos  ̶ sobre todo la metáfora, la metonimia, la hipérbole ̶ , la deconstrucción de las palabras, la poesía concreta y la visual. Cada uno de sus poemarios se presenta con un tema que hila todo el ejemplar y en cada uno Rocío intenta una voz lírica distinta.

Hace unos meses, muchos años más tarde de aquel taller de Alberto Blanco, le pregunté a Rocío cuál sería, para ella, su poema mejor logrado: “La verdad interior”, me respondería. 

Encuentro, pues, la poesía de Rocío: filosófica, plena de figuras literarias y de juegos en la composición integral de la página, en donde nos confiesa tanto lo que más duele en esta vida frágil como la exploración más íntima de la sensualidad.

Festejemos el legado que nos ha dado Rocío por más de 35 años: su oficio de poeta y de profesora de literatura; así como su gran corazón, sin límites, al compartir sus saberes, sus inolvidables versos, su ánimo ante el infortunio, su risa y su amistad.

Texto leído por la autora en el homenaje por 35 años de creación de la poeta Rocío González, el sábado 23 de febrero en la Biblioteca Henestrosa, quien no pudo estar presente por motivos de salud




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