eus

XXV imágenes para Eusebio Ruvalcaba*

También el sol,

tanto al nacer como cuando

se oculta en las olas,

te dará señales

VIRGILIO, Las geórgicas

Las letras que llevan emoción se dedican a los muertos. No hay literatura sin muertos. Las letras buscan retener nombres, espacios, un ambiente; el tiempo ido. Las letras se escriben en pasado; en el caso del cine –registro de la acción en movimiento, desplazamiento-, el guion que guía la sucesión de imágenes se escribe en presente. En la pantalla todo ocurre frente a los ojos como si surgiera por vez primera y para siempre; intento fijar algunas imágenes de mi amigo, el muerto llamado Eusebio Ruvalcaba, que, a la manera de fotogramas, brotan y no cesan, inagotables.

I

Noche con lluvia en la ciudad desconocida

A Ruvalcaba lo visito un día en su casa, allá por Tlalpan. Viajo a verlo de Oaxaca a la CdMx. Nos saludamos con afecto, entramos a un café que abre sus puertas frente a la calle empedrada. El dueño del local saluda cordialmente. Tomamos algo, quizá vodka con café negro. Luego caminamos a la escuela de su mujer, Coral. La roca coral. Profesora de primaria o encargada de una primaria privada. Ese día conozco la casa de Eusebio, la sala, el comedor, la vitrina de cristales pulidos donde guarda sus discos. No sé por qué imagino un perro en el patio, compramos más vodka. Bebemos en su casa mientras se escuchaba La muerte y la doncella, de Schubert.

___No se puede dejar de escuchar la música –dice Eusebio.

II

Ficción y vida

Ahora que escribo esto escucho música. Ahora que escucho a Silvestre Revueltas (Homenaje a Federico García Lorca), imagino la cabellera revuelta del músico, abultada en el copete, su cara de niño. Eusebio dice que su padre Higinio Ruvalcaba, el violinista concertino de la sinfónica de México, de Jalisco, es muy amigo de Silvestre Revueltas, compañeros de parranda, de los que te llevan en hombros a tu casa, en equilibrio tocan el timbre, mientras asoma a la ventana tu mujer en pijama y tubos en la cabeza, te recargan en la puerta y huyen. Así es Higinio con Silvestre, muy amigos.

___A los dos les gusta cogerse a las señoras del mercado de la Merced –dice Eusebio.

Cuenta que Carlos Chávez, el músico, es malo, manda poner botellas de tequila, de las muestras, las pequeñitas, en las gavetas del escritorio, en la oficina de la Sinfónica, sabe que Silvestre bebe todo el alcohol que encuentra. Eusebio está con los humillados, alcanzo a ver claramente las cosas que platica de aquel tiempo de México. Le agrada contar historias de su padre y su madre, pianista, mientras ataca con paciencia y sabiduría la copa de tequila. O mezcal. O vodka. Eusebio resulta milagroso en esta tarde, previo a la fecha de su segundo aniversario luctuoso; al puro contacto de mis dedos con el trasto de las letras lo vuelvo a ver. ¿Cómo puedo narrar la magia de este hombre?

III

En la Sala de Cabildos

Lo conozco en Fortín de las Flores, la población cercana a Orizaba, por el rumbo de Córdova, Veracruz. Como en una peli, lo veo sentado frente al auditorio en la sala de Cabildos, planta alta de un edificio colonial. Eusebio, camisa azul, manga larga, bien planchada, pantalones de mezclilla, cabellos bien peinados, llega a dar una lectura en aquella población; días antes pregunta por teléfono, ¿te queda cerca? Eusebio es el editor del suplemento cultural de El Financiero, que dirige Víctor Roura (marzo de 1998, el país no se repone de la crisis económica con que arrancó el gobierno de Ernesto Zedillo; nada se habla de narcos, sicarios, huachicol, entre los jóvenes se mencionaba el nombre de Marcos, el subcomandante Zapatista). Termina la lectura de poemas, me presento sin conocerlo -nos conocimos por teléfono. Digo mi nombre, alza la mirada de uno de sus libros que sostiene en las manos.

___ Se me caen los calzones –dice.

Mientras desciende los escalones Eusebio sonríe con expresión conmovida, mueve la cabeza, vuelve a sonreír. Le digo que acabo de bajar del camión que me trajo del Istmo de Tehuantepec a Fortín.

___¿Tú conoces este lugar? –Eusebio pregunta ya en la calle.

___Ni idea, primera vez que estoy por estos rumbos –respondo.

___ Espera – dice Eusebio -te voy a llevar al mejor burdel del lugar.

Con la mano derecha en alto pide un taxi. La unidad, como salida de una película, se acerca a la banqueta en la noche lluviosa de Fortín de las Flores (como salido de una película, el auto emerge entre la bruma).

___ ¿Nos podría llevar al mejor burdel de la ciudad?” -Eusebio pregunta.

Ya en la madrugada confiesa entre carcajadas:

___ No conozco Fortín, pero se puede conocer la vida nocturna de una ciudad si te dejas llevar por el taxista (¿Recuerdas Un Hilito de sangre?).

IV

Una cantina de la colonia Obrera

Alguna vez Eusebio Ruvalcaba jugó frontón,

lo dice en la barra de la cantina.

Le ofrezco el título de un libro:

Poemas de la marinería para Eusebio Ruvalcaba.

Guarda silencio, bebe su trago.

La clemencia ocurre entre la mirada, las manos y el cristal de la copa

-las palabras surgen desde el silencio profundo.

“Hay que partirlo”, dice.

Levanta la copa, bebe, no hay dicha más grande

del aprendiz de poeta que observar al maestro

beber mezcal.

(¿cómo puedo retener su sabiduría?,

creo que sólo con la admiración).

El libro sale a la luz con su propuesta:

Poemas de la marinería.

V

El ángel que nos protege en el infierno

Ese manejo suyo de las palabras le otorgaba la certeza, anda por esta vida como un ángel que comparte las historias de la humanidad y guarda conciencia clara de que son las palabras las que abren o cierran las puertas, los caminos. Las palabras dichas en la amistad. Del cielo y de los infiernos, las palabras. El borde por donde andan cosas y hombres, mujeres; amores., El alcohol. Eusebio, incorregible enamoradizo, gusta hablar de sus maestras, de la ropa de sus profesoras de primaria, del color de los ojos, del tamaño de sus pechos, las caderas. De niño arroja los cuadernos al piso para agacharse y ver los calzones de la maestra. Las piernas. Eusebio sabe del recetario de los infantes que se enamoran de la profesora de cuarto grado en la primaria.

___ Era bella, tenía ojos de murciélago –dice.

VI

Impertinente pregunta

Pregunto frente a una copa de mezcal:

___ Eusebio, ¿qué es primero, la mujer o la copa?

___ Lo que primero alivie tu corazón; nunca dejes a la mujer por una copa, nunca se deja a una copa por la mujer, elige lo que mejor te alivie; entérate, nunca podrás tener ambas: el que bebe, bebe; el que coge, coge y pretender ambas al mismo tiempo conduce a la locura –dice Eusebio.

VII

Las dadoras del saber

Si las mujeres en la infancia nos enseñan a leer, como lo dice Piglia, también nos enseñan la cartografía efectiva del amor, los puntos secretos.

___ Uno es puro pendejo -dice Eusebio.

___ La mujer nos dice dónde queda cada parte de su cuerpo, su anatomía, su función, el sitio del placer; y conducen hasta ahí nuestra desesperación –dice.

 ___Ante una mujer desnuda el hombre teme, se aterra, se hace chiquito, busca las sábanas –dice Eusebio frente a la copa de ron.

VIII

El niño sabio

Alcanzo a ver su rostro cargado de malicia. 

__La mujer con mano maestra conduce; resulta la única experta por la ruta de su placer –dice Eusebio.

Saca palabras como si las eligiera de aquel catálogo de niño lépero que aprendió en su infancia, con pausa.

 ___ En la cama desnudo junto a la mujer, el hombre, para ser merecedor de la dicha, no tiene más que regresar a la alegría desinteresada de sus días en la primaria.

IX

El ángel que sabe todas las historias

Este manejo suyo de las palabras le otorga una certeza, anda por la vida como ángel que se sabe todas las historias de la humanidad y desciende hasta la mesa de la cantina a compartirlas, solidario y lejano.

X

San Martín por la secundaria

La casa en que habito, San Martín por la secundaria, Monte Albán, guarda la presencia de Eusebio Rubalcaba. Alcanzo a ver esta imagen: nos emborrachamos en compañía de Brandon, el perro que me protege (un terrier atigrado). Eusebio sale a brindar con los ebrios consuetudinarios por las calles de San Martín Mexicapam; calles duras, repletas de humillados. Unos días antes de entregar en donación a la Fonoteca de la UNAM los archivos de su padre, arreglos, partituras, apuntes, los papeles completos del violinista Higinio Ruvalcaba, me obsequia la versión original de un danzón escrito por su amado padre a mediados del siglo pasado.

___Estas notas son para ti –dice.

 Se pone a hablar de otras cosas, algo sobre los nuevos poetas de la nación o los rigores del sol en la costa del Pacífico mexicano. No sé, la partitura queda en el escritorio; algún día la compartiré con un amigo músico y será interpretada en honor de Eusebio Ruvalcaba y de su padre Higinio, en San Martín por la secundaria.

XI

Una infancia feliz

Rubalcaba tiene cualidades que lo santifican, se hace amigo de niños y perros, quizá porque tuvo una infancia feliz (recuerdo las palabras exactas en su Pinche osito panda). Para escribir se requiere pasar por una infancia dichosa. Puedo decir que Eusebio es amigo de inmaduros emocionales, ebrios, bandidos, homicidas, humillados, drogadictos, borrachas; poetas, ladrones, narradores. Prostitutas. En cualquier sitio se siente a sus anchas con su generosidad que le brota a flor de piel, la del hombre que fue niño feliz.

XII

Amigo de los amigos

___ Qué bueno que fumas puro –dice Eusebio Ruvalcaba.

Habla sobre las bondades del tabaco,

___ Detesto la pipa –dice- por aristocrática.

Eusebio entregado, pasional, muy de sus gustos y del gusto de sus amigos. En Oaxaca publica el libro de sonetos dedicado a sus amigos, 57 hombres y una mujer. Una. Como todo bebedor es fiel a la bebida, su bebida. Vive el tiempo del ron, el vino, vodka. El mezcal. Tiempo difícil, se enamora en cada esquina de mujeres bellas, el mezcal le regresa la sangre al cuerpo. En Oaxaca lo nombran embajador del mezcal, cargo que no pude evadir. Lleva por años la designación, como un ministerio. Casi le cuesta la vida, sale avante.

XIII

Nuevo Milenio

Le detectan la diabetes. Pregunta:

___ ¿Quién morirá primero?

Noche, San Martín por la Secundaria, sale al patio, habla con la vista puesta en el cielo de Monte Albán:

___Quiero que me entierren en Oaxaca.

Entiendo que eran los modos de un escritor, del que trabaja con las palabras. Las dice, las nombra como si desconociera el significado de lo que dice y sólo deseara en ese momento disfrutar el placer de escuchar las palabras, morderlas.

XVI

El que escribe habla

Hay cierta oralidad en las palabras escritas, un gusto por escucharlas sonar. Digo salmuera y la punta de mi lengua busca, empuja el rizo del vello púbico, saliva. De alguna manera quien escribe escucha, metido a medio camino entre la oralidad de la tribu, el clan, y la academia. Y la salida a ese no mundo es la palabra escrita, la que se dice y la que se lee. Escribe para disfrutar el sonido, saborear las palabras. Escribe. Escucha las palabras, así sean mencionadas por boca propia o por los labios de un paria. El que escribe habla.

XVII

A la salida del Metro Bellas Artes Eusebio se detiene, de entre su chamarra saca unas hojas que deposita junto al ebrio que duerme en la calle.

___ Siempre quise escribir para ellos, la forma más grande de la literatura ocurre cuando un hombre tirado en la calle levanta el rostro para leer tus poemas –dice y se marcha rumbo a la sala de conciertos.

XVIII

El huérfano sin tumba

Comparto con Eusebio un poema donde el personaje vive la angustia de no saber el sitio de la tumba donde enterraron a su padre, era el hijo del marino que falleció en alta mar; un hundimiento, una desgracia. Eusebio, entre lágrimas, dice:

___No podría vivir sin saber el lugar donde descansan los huesos de mi padre.

XIX

Una foto de Silvestre

En cada cumpleaños de Silvestre Revueltas, 31 de diciembre, Eusebio Ruvalcaba sale de su casa con la fotografía tamaño natural del músico de Papasquiaro; atraviesa la calle, entra a la cantina con la foto a cuestas, con solemnidad la deposita en la silla, en su mesa, pide dos copas de ron para celebrar la vida con su muerto.

XX

Caos y hallazgos

Eusebio tiene un modo singular de hacer su escritura. Al regreso del trabajo, en la noche, a la hora del tráfico, sale de la ruta que lo lleva a su casa. Se estacionaba en un café. Pide una copa de ginebra y escribe sobre el pequeño mantel. Así las horas. Que no son muchas, quizá dos, dos y media, tres a lo sumo, lo que demora el tráfico. Pide la cuenta, paga, sale con la mente clara y con una historia, un poema. No compra libretas, nunca lo he visto usarlas. Escribe sobre el papel que tiene al lado. Y escribe en un café, un restaurante, mientras bebe su trago.

XXI

El estilo del hombre

Me convence su estilo, hacer la producción por los atascos, aquella locura frente al congestionamiento vial en la ciudad. Que es una forma efectiva de usar el tiempo, porque el asunto literario es un tiempo paralelo al tiempo que vivimos, una interrupción.

XXII

La pregunta que aflige

La pregunta que aflige a todo hombre que quiere dedicar su vida a las letras es saber cuándo levantar su escritura. Cuándo escribir. ¿Cuándo te inspiras? ¿Cuándo te enfadas? ¿Cuándo? Los hombres se extravían en la búsqueda de ese tiempo para hacer las letras. Si antes o después del trabajo, en el desayuno; en la noche, cuando todos duermen. Después de coger. Antes. La duda mata. ¿Qué tiempo aguanta el espíritu arrojando palabras al vacío? O ¿hasta cuándo aquella situación indefinida te colmará la paciencia? ¿Qué tiempo tardas en escribir un poema? ¿A qué hora se escriben los cuentos? ¿Cuántas horas se necesitan para levantar mundos imaginarios? Cientos, miles de jóvenes pierden el ánimo por las letras con estas preguntas.

XXIII

Disciplina

Joyce dijo que para escribir su Ulises tardó 20 mil horas. Los viejos escritores te recomiendan disciplina, disciplina y constancia como si fueras un noble bruto. Si, y no. Porque la disciplina es un plato que se pone agrio al contacto con el tiempo. Y ahí viene el conflicto cuando no se le otorga tiempo a las preguntas; la cosa no cuaja y terminas echando la culpa a la mujer, la casa, la familia, el trabajo, la querida; el futbol. La borrachera. Los amigos. No hay tiempo para escribir por más disciplinado que seas. Hay desesperación, extravío, alcohol. No hay tiempo ni el gusto para sentarte a escribir. La disciplina es mantequilla que se enrancia a la temperatura ambiente; en la práctica resulta el arma de los héroes, o de los dioses. Los padres de la patria. Quien escribe debe saber que trabaja para levantar la patria, las palabras. El que escribe necesita hacerse de un tiempo que le cuadre en su vida, las horas cotidianas, los traslados, para cumplir su deseo de llenar este mundo con letras. Entonces Eusebio descubre el caos vial, el conflicto, y su cerebro goza después de saturarse los oídos de acelerones y claxonazos en la vía atascada.

XXIV

El navío que vuelve a puerto

Y en el restaurante sobre la servilleta de papel que despliega complacido aparece su escritura; alegre como el navío que vuelve a puerto. Y tiene el argumento para no llegar a pelear con la mujer, los hijos. El tráfico en la noche citadita hace registro del caos. La televisión, la radio, todo emite reporte de las condiciones viales. Y cuando el que escribe vuelve a casa la mujer puede confiar en el hombre sereno que no pelea, no discute. Y quien escribe llega a dormir tranquilo, agradecido con su vida, honorable padre de familia. Ya en la mañana, cuando la mujer se marcha a sus asuntos el hombre puede bajar los papeles del coche y dedicar la mañana a capturar en la máquina toda esa escritura que hizo en la hora de la angustia, la aflicción. No habrá mejor forma de trabajar la paz del hogar, el descanso, las horas de reposo y las letras, que al ejecutar medidas extremas frente a la angustia cotidiana que significan los traslados en medio del tráfico.

XXV

Por las calles de Oaxaca

Camino por las calles de Oaxaca con Eusebio Ruvalcaba, lo persigue una angustia, un dolor: carga una resaca marca llorarás. Llegó a la ciudad en compañía de su esposa Coral, bajo cualquier pretexto salimos de la Biblioteca Central a buscar un trago. Quiere beber mezcal antes de leer sus poemas. A pocos pasos entramos a una trastienda, sitio que se abre sus puertas sólo para ojos conocedores. El rostro de Eusebio se ilumina frente al mezcal, barba cana, cabellos ensortijados, camisa manga larga con los puños remangados.

___ Deberás escribir un diccionario del mezcal –dice.

Luego de tres tragos salimos a la luz intensa que revienta en el andador turístico Macedonio Alcalá, alzo los ojos al momento en que unas aves oscuras sobrevuelan el cielo azul zafiro.

* El 7 de febrero de 2017 falleció a los 65 años de edad en CdMx el escritor Eusebio Ruvalcaba, estas imágenes saludan su nombre por el segundo aniversario luctuoso. 




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