cinepolis-roma-cuaron

Martha y el hecho fortuito

Cuando se funda una ciudad

Lo primero que se erigen

Son los lugares del poder.

JOSÉ EMILIO PACHECO, Fundaciones

Para Rodrigo Islas Brito

Como si las cosas estuvieran ahí y nadie la viera, como si el sol se encargara de negar la luz sobre las cabezas, como si la tierra se abriera y nos tragara. Así o más grande. La vida es un petate percudido, pasan los años a la vuelta y vuelta para esconder la mugre, los remiendos, los agujeros que nos miran con ojos de lagarto; será que vamos y regresamos porque no queremos vernos, nos despreciamos porque nos desprecian, porque la gente se niega a mirarnos. Bueno, pues a otra cosa, la música ya fue, ahora hay que cambiar de giro, no sé, vender atole o poner un circo, hacer carreras de pulgas y cucarachas y cobrar la entrada mientras la bella durmiente cuenta las horas que faltan para que llegue Mary, la chica que arregla las uñas o caiga el diluvio; algo para no sentir que las horas desembocan en el pasado, en la historia de Martha.

Afuera llueve, la gente no entiende que cuando llueve hay que evitar los árboles, por los rayos. Los árboles grandes atraen la electricidad. La abuela Mariana me contó un día que un hombre regresaba del campo, traía el machete al hombro, sin enfundar, venía con su hijo pequeño, el machete en una mano y el hijo en la otra, venían del campo, de trabajar, los apuraba la tarde, empezó a llover, unas cuantas gotitas, en el camino para no mojarse se protegieron bajo un árbol y que les cayó un rayo, ahí se quedaron, los huesos achicharrados sobre la tierra, tomados de la mano, el machete inútil, oscuro junto a ellos.

Ahora, cuando escribo esto vuelvo a ver que Arnulfo estaba ahí, junto al árbol, fumaba un cigarro y el humo que salía de su boca se perdía contra la lluvia. Hombre y cigarro bajo el aguacero anticipan la desgracia.

La que nace para maceta del corredor no pasa, me lo dijo la abuela Mariana, ahora la recuerdo, bella, muy viejita con su cabello plateado, chinito que me gustaba trenzar cada tarde. De tan grande se murió, que ella misma no supo su edad. “¿Cómo voy a recordar cuando nací? Preguntaba cuando le pedían la edad. “Me acuerdo bien de cada piedra que pusieron cuando levantaron el palacio municipal, pero del año en que me parieron ya ni me acuerdo”, decía. La abuela Marina, que prestó muchos años servicio en una casa de Oaxaca.

Arnulfo esperaba a Martha ahí parado, bajo el aguacero, por horas, junto al árbol, la señora Amira salía al balcón, dejaba un rato a su hijo recién nacido para estirar los brazos, la espalda.

La calle larga y silenciosa, empedrada, como en esos barrios que de tanto silencio y soledad parecen un pueblo de Oaxaca.

No tengo remedio, me gusta dejarme llevar por las frases que van saliendo sobre el cuaderno, hago la “ele” así, muy dibujadita, con copete y cola larga, delgadita, como me enseñaron en la escuela, alta y estirada como si estuviera en desfile, siento que las palabras se construyen solas, una a una, mientras mis dedos van y vienen a lo largo de la hoja, que en realidad ya estaban ahí, las palabras, como un pasado que vuelve y, necio, renace en forma de sonidos. De Martha fui muy su amiga, trabajé dos casas delante de la señora donde prestó servicio, Amira.

Cómo empezar todo esto, no puedo comenzar desde el principio, para qué, mejor comenzar por el gusto que tengo de sentarme a escribir, dejar por un rato de tener puesta la cabeza en peroles, cazos, tazas, sartenes y jabón. En ese tiempo le dije a la señora donde trabajaba, doña Nancy, que me arreglara el fregadero, pero no hizo caso, resulta que soy muy bajita para alcanzar hasta el fondo donde se atoran los restos de comida, las sobras, no me hizo caso y para no estirarme toda la santa tarde me las arreglé y en el tianguis del martes, encontré una sillita, de esas pequeñitas como las que usan los niños en la escuela, ahí me subía para ya no se me cansaran las piernas de tanto cargar mi peso sobre la punta de los pies.

Dije “desde el principio” pero ese no es el principio. A Martha la conocí en el camión que nos sacó de Miahuatlán. Salen cinco camiones cada noche, Flecha de Oro, Martha se sentó a mi lado, sus arracadas grandes y brillantes parecían de plata; fuimos compañeras de viaje, ella iba recomendada y yo salí a la aventura con el cabello bien arreglado y la mejor blusa que tenía, en ese tiempo no había quien compusiera las uñas, sino creo que me voy con uñas postizas.

Me gusta dejar pasar el tiempo sobre este cuaderno, no es que sea floja, que no me guste el quehacer, también me gusta; disfruto escribir porque con el cuaderno ya no me acuerdo de Julián, de los trabajos que pasa para darnos el sustento.

Me pierdo de tanto dar vuelvas, de la dicha que tengo entre las letras me pierdo, me olvido de la historia.

Martha venía recomendada para trabajar con la señora Amira, así pasa con las mujeres que salen del pueblo a trabajar en la ciudad. Para las señoras cuando una mujer del servicio se marcha, abandona su trabajo, le piden que recomiende a otra muchacha. Porque las que se van sin avisar dejan en mal al pueblo, a las mujeres del pueblo, luego ya no las quieren contratar por la mala referencia que dejó la que se fue sin avisar. Bueno, la patrona de Martha, la señora Amira, tuvo primero a Julia, prima de Martha, ya era grande, tenía como treinta años, pero salió casada, cada quien trae su suerte, encontró un hombre que se quería casar por todas las leyes y ella le pidió permiso a la señora para aceptar el compromiso, para casarse, y la señora Amira le dijo que si, que qué estaba esperando, que ya se le estaba pasando el tren; le pidió recomendara a alguien para ocupar su lugar, alguien de confianza. Así llegó Martha, así nos topamos en el camión, las dos muy arregladitas para el viaje, así fue que me enteré de todo esto.

La señora, la patrona pide a la muchacha que deja el trabajo una recomendada, una conocida, porque desconfían, creen que somos ladronas; bueno, por otra parte, no está mal porque abren la puerta del trabajo seguro, la buena casa a otra mujer del pueblo. Flecha de Oro saca cinco camiones por noche, todos van a la Ciudad de México, en el pueblo hay tanta necesidad, la pobreza no se acaba nunca, cuando era niña veía la fila de autobuses estacionados y me preguntaba de dónde saldrá la gente para llenar tantos camiones. De niña iba a la escuela, vivía con la abuela Mariana, el abuelo Rogaciano, ni por aquí me pasaba que la gente viaja tan lejos para encontrar trabajo.

¿Un cafecito? Con esta lluvia como que se antoja un cafecito (como estoy sola, en el trabajo me acostumbré a preguntarme a mí misma).

A las mujeres se les cansa el cuerpo, a ricas y pobres, yo lo vi, patronas y sirvientas; la señora Amira salía al balcón, porque se le cansaba la espalda de tanto dar pecho a su nene.

Era agosto, la temporada de lluvias, qué digo lluvias, aguaceros, el diluvio, cada año sale en las noticias que el gobierno dice que arregla el drenaje y cada año las noticias dicen de muertos y desaparecidos por el arroyo, la crecida de las aguas. Arnulfo tenía buen pensamiento, no era malo, se quería casar con Martha, cuando ella salió del pueblo la siguió, era el amor de su vida, pero el diablo no tiene juicio y mete su cola para torcer el destino de la gente buena.

No sé si porque la señora estaba en la cuarentena, no sé si el patrón era mañoso, Martha me dijo que el patrón una noche se metió a su cama. Esto parecerá de chisme, no lo es. Hay gente mala, que trata mal a la mujer humilde; pero también hay mujeres humildes que son abusivas y levantan con todo en casa ajena, hasta con el patrón; sabrá la virgen. Pero de aquella cuarentena, del hijo recién nacido de aquella pareja, Martha pagó la cuenta. Digo pagó la cuenta porque no es de Dios atender el servicio de una recién parida y dar atención al patrón; resulta mucha joda. Aunque Martha nunca protestó por gusto o miedo, no lo sé, de chamacas nada se sabe de hacer diferencias.

La lluvia sigue enamorada de la ventana, gota a gota platica cosas. A veces digo que el trabajo es nuestro descanso, así decía Martha, ella trabajaba para olvidar la miserable vida que le daban en aquella casa. Porque quería a Arnulfo, fue el primer hombre que conoció, le habló recién saliendo de la primaria. Arnulfo la quería, soy testigo.

Martha dejaba preparadas las cosas de la señora antes de irse a dormir, la cobijita, el té de anís en el termo para los cólicos de la criatura, la sonaja limpia y desinfectada. La cuna bien sacudida, la señora Amira tenía terror a las arañas, los alacranes, los bichos que salen con la lluvia y se meten entre la ropa, todas las noches pedía que se limpiara la habitación y si, se comprendía, las arañas gustas de morder a las criaturas. Martha sacudía porque le gustaba tener limpias las cosas del nenito, lo querría como si fuera su hijo; antes que llegara a su cuarto el patrón hacía lo que le correspondía hacer, su trabajo. Martha no era mala, sólo era una mujer bonita. Para mí que el Arnulfo estaba enterado, sabía, aunque no era celoso, aceptó su suerte, nunca lo escuché protestar, nunca dijo ni un regaño. Era bueno, un hombre bueno.

El marido de la señora Amira trabajaba en la política, estaba con el gobierno, en aquel tiempo recién comenzaba el señor en la política, me lo dijo Martha.

Los hombres son perros, y los hombres políticos son dos veces perros, con rabia, también, nadie se les escapa.

De ese agosto tengo puros malos recuerdos, me torcí un tobillo que no se me acaba de componer, mira que ya pasaron tantos años, ya fui y regresé, corrió el agua del arroyo, pero ese agosto no sale de mi cabeza. La tarde de ese jueves, era jueves porque en la tarde salimos al cine, en la tarde del jueves las patronas nos daban permiso de salir al cine, Martha le dijo a Arnulfo, “pasa en la noche”.

No sé si porque ya no quería dar servicio con el patrón, no sé si la patrona le puso cara porque ya sospechaba algo entre su marido y ella. Los celos de una mujer en cuarentena son grandes, lo sé bien porque ya parí, una está ahí en la cama como inútil, como mueble, el cuerpo no sirve, las piernas no responden y la espalda no encuentra descanso de tan pesado el pecho por tanta y tanta leche, y el tiempo se pasa en mirar las cosas que hace el marido.

Aquí no vengo a escribir porque sepa puntual las cosas, yo no sé nada, aquí yo vengo a desahogar la pena.

Arnulfo llegó por Martha, imagino que hizo ruido o la señora escuchó algo y bajó de su habitación o creyó escuchar algo en su cabeza, tal vez la mujer ya sospechaba del marido, las señoras piensan que las muchachas del servicio son sucias, calientes, busconas. Los hombres solos, sin mujer, son canijos. Por eso la mujer recién parida se convierte en una fiera de celos. A esa hora de la noche, las diez, las doce, la gente tiene cara de cuche.

La señora era desconfiada, por eso era patrona. La señora Amira cuando escuchó ruido salió con arma en la mano, para mí que quería matar a Martha, al marido, al bajar la escalera se topó con el bueno de Arnulfo que a esa hora atravesó el corredor junto a la escalera.

Aquella noche el aguacero caía duro, por eso los vecinos no escuchamos el disparo ni los gritos que siguieron a la detonación.

Los periódicos dijeron que la señora Amira sorprendió al ladrón en su domicilio, joven esposa de político, y más: nadie puede desconfiar de una mujer recién parida.

Sobran motivos para decir esto que digo, trabajaba cerca, en casa de doña Nancy, me enteré de todo, desde el principio. Pasadas las investigaciones el marido dejó a la mujer, le puso casa a Martha.

El hombre llegó a ser senador de la república, digo que los políticos tienen el poder para cambiar la mala suerte que les toca con cualquier infeliz que se atraviesa en su camino, esa noche el tiro que salió de la pistola era para el patrón, pero se cruzó Arnulfo con su amor.

En la ciudad encontré mi suerte, Julián me regresó al pueblo, trabaja la tierra, a jalones y estirones crecemos los hijos; crecen y quieren salir del pueblo.

Todo esto lo escribo para mí, para que en otro tiempo cuando lo lea, recuerde la ciudad y el aguacero, las tardes de jueves cuando salía al cine: la desgracia. De Martha no se supo nada, no regresó al pueblo. Cada quien trae su suerte, aquí estoy, espero a Mary, la que arregla las uñas de mi hija Jimena, que esta noche sale para la ciudad a buscar trabajo.




No hay comentarios

Añadir más