Lumbre

Arder / Prólogo al libro de una poeta anónima

ARACELI MANCILLA ZAYAS

Leer a una poeta que arda en el anonimato. Que una esa combustión a otras y recoja palabras como cenizas e inicie así un ciclo que sólo pueda ser de renovación. Metido en tal hoguera, el lector hallará fuego y rescoldos.

Lumbre es un poemario para incinerar la médula de una vida autodestructiva, y su personaje, bonzo bajo la escritura, expira en flamazos o en leves lengüetadas sobre la pira de las letras.

¿Puede la poesía ser elemento primario, hermano del fuego, que haga de los desastres de la existencia un alumbramiento?

La propensión a la adicción, a la ebriedad y la tristeza son el material inflamable de Lumbre. Centro de un dolor que, después de renegar de la dulzura y consumirse en vicios, civiliza su angustia diciéndola y encendiendo con lágrimas la llama de su particular lámpara votiva.

Por eso nuestra poeta anónima, con su personaje al que podríamos imaginar empleada de una peluquería, o prostituta o vagabunda sin hogar, puede imaginar mares que dejen pasar sus conchas en una secadora de cabello, y convocar a niños que jueguen en playas donde se levantan castillos de arena. Y los castillos de arena acaban a su vez en el centro y las periferias de Nueva York, en medio de palabras soeces que con toda suciedad y miseria bien saben llorar.

LUMBRE, publicado por Astromelia Editores como parte de la colección “Un navío de mujeres”, presentada el viernes 21 de septiembre en la Biblioteca Henestrosa.

Con desechos de existencia alimenta las brasas la poeta que ha de consumir la voz de su personaje en crak, cigarrillos, bebida: “el cerebro preparado para la primera piedra del día…” La mente de esa voz empezará a columpiarse sin negar el miedo. Porque del miedo vienen también sus invocaciones, la seducción, las ciudades, los cuerpos desnudos, las sábanas manchadas de sangre que irrumpen en letras.

Sin embargo, el personaje femenino de la poeta anónima quiere estar limpia, irse a un Bali probablemente inalcanzable, pero antes fertilizar con drogas sus visiones. ¿La poeta escribe versos que puedan purificarlas?

Quizá cualquier escritura deba exigir la inmolación y ver al fin el mundo “convertirse en astro”. Seguro por eso la poeta sin nombre que ha escrito Lumbre busca con su personaje revoluciones que hagan rituales con la muerte: para mejor estar, por ejemplo, con la mujer que se quiere seducir esta noche, ¿o, en realidad, todas las noches?… ¿Para morir y renacer?

Disfrutar el “sabor del fuego” es privilegio de quien sabe aceptar que “Nada hay más que la gloriosa salvación de las flores…”.  Un fuego robado en un reconocimiento heroico, como el instinto de supervivencia, pues el instinto cotidiano quiere revueltas del tamaño de una naranja, antes de acostarse y amanecer en la fatalidad.

De Lumbre, después de las llamas, nos queda el rastro de una indispensable pérdida, un tizne de desesperanza, pero con la dura voluntad de transformación de la poesía.

 

 




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