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El café de las tres

Mejor aquí te espero

Pepe Elorza, Aquí me quedo

Andrea llegó con Nahui, ella dijo, “una amiga”, buscamos un lugar para tomar café, el andador turístico andaba con sol, eran las tres, las vendedoras de comida ocupaban el escalón en la jardinera de Santo Domingo, a la sombra del framboyán, el atrio estaba vacío, relumbraba la cantera verde, por la banqueta caminaban turistas desesperados por el tiempo caliente, sumidos, quizá, en la idea del regreso; mientras esperaba a Andrea había escuchado la conversación telefónica de un hombre recargado en la jardinera, con los brazos cruzados, la camisa sin abotonar: “mañana iremos a un lugar que se llama Hierve el Agua”, era primero de octubre, lo recuerdo, un día antes del 50 aniversario la matanza del 68.

“¿Dónde vamos?”, preguntó Andrea. Hacía años que no la volvía a ver, de perfil se le notaba el nacimiento de la papada, mirada sombría, la conocí cuando ella quería estudiar diseño de empresas, yo había llegado a dar una lectura de poesía a su colegio; “¿qué estudias?”, pregunté a Nahui, “diseño de empresas”, dijo.

Caminamos unas cuadras, Andrea quería tomar café en la terraza de un restaurante, a esa hora no daban servicio, estaba fuerte el sol, volvimos a Santo Domingo, Nahui dijo de un lugar a pocas cuadras, caminamos allá, cruzamos avenida Juárez, “sólo un café”, dijo Andrea, había terminado la temporada turística de verano, estaba cerrado, volvimos a Santo Domingo, antes, en 5 de mayo pasamos por una imprenta de grabados, también cerrada; “¿dónde vamos?”, preguntó Nahui con el calor reflejado en el rostro, recordé de una pequeña plaza de artesanías a la vuelta, frente al jardín Labastida, “tenemos mala suerte para el café”, dije.

En una mesa con tres sillas, junto a la pared, dijo Nahui, “ahí estará bien”; una joven nos ofreció la carta, pidieron café helado y malteada de fresa, el calor no cesaba.

___ Por dónde comenzamos –preguntó Andrea.

Ellas venían de una reunión previa, también hacía tiempo que no se veían.

Nahui dijo, “cuente algo, ¿usted es escritor?”. Para iniciar la charla, por romper el hielo, porque hacía calor, porque soy torpe en la conversación dije de mis días de la adolescencia, allá, en el pueblo de mis padres (quizá el calor, la misma atmósfera de la tarde sofocante me llevó a esos recuerdos); ellas querían escuchar algo que tuviera que ver con el momento de sus vidas, dije algunas cosas sobre la vocación.

___ ¿Por qué se hizo escritor? –preguntó Nahui.

___ Por ignorante –dije.

En la mesa de al lado se sentó un extranjero, pidió una botella con agua, sacó unos plátanos y empezó a comer, con parsimonia masticaba la fruta mientras veía el agua embotellada.

El joven no puede, no quiere imaginar su vida, las obligaciones, el trabajo, una rutina, una actividad que le ofrezca sustento, una vida, dije. El joven tiene en la cabeza lo que guardan en la cabeza los jóvenes, diversión y disparates, irreverencia y rebeldía, ganas de vivir. Básicamente las cosas del no saber y las ganas de saberlo todo, de las horas de la noche, de las cosas nuevas, del cuerpo propio y del cuerpo ajeno, los sentimientos, la tristeza, del delirio y la aventura.

___ De eso hablamos antes de encontrarte –dijo Andrea.

Eran dos chicas que terminaban la carrera, hacían el servicio social.

Afuera el sol pasaba en motoneta, casco negro, cabellos al aire. En el jardín Labastida los pocos pintores que insistían en conservar lo que en el siglo pasado se llamó jardín de arte se habían refugiado a la sombra del edificio universitario, la escuela de contabilidad.

Conté una historia: Un día mi madre, al ver lo desastroso de mis días, me dijo: ¿qué quieres hacer de tu vida? Su pregunta no era más que el reflejo de su angustia, una madre desesperada al ver el rumbo incierto que tomaba la conducta de su pequeño hijo.

___ Escritor –dije y remarqué la frase ante las dos chicas con un gesto solemne, a manera de remedo de una situación seria.

Porque lo había escuchado de algún profesor, porque lo había leído en el periódico, porque me sonó importante.

En aquellos días había caído en pleito y pendencias, era un adolescente ebrio, había pisado la cárcel. Mi madre quería lo mejor para mi vida, yo sólo pretendía seguir con los amigos, la parranda. Al día siguiente, en el almuerzo, apareció un objeto nuevo en la casa de mis padres, junto al silencio y la mirada de asombro de mis hermanos: una máquina de escribir, portátil, la recuerdo; Lettera, Olivetti, blanca. Reluciente. Mi madre dijo: escribe, yo sólo quería salir a la calle, había quedado con los amigos en tomar unas cervezas.

En aquel momento del relato las dos jóvenes estaban atrapadas por la historia, sin saber por qué esa narración tenía elementos de ellas mismas.

___ Sigue –dijo Nahui.

___ Sigue –dijo Andrea.

Era un niño ebrio.

Aquel día de la máquina, por la tarde, mi madre me esperaba, escribe, me dijo. Me ocupé en arreglar mi cuarto. A la mañana siguiente volví a enfrentar el mismo requerimiento de mi madre, escribe, dijo. Pretexté algún asunto, salí de casa, llegué al palacio municipal, ahí, en la planta alta, me acerqué al escritorio de una señora, dije: quiero aprender a escribir a máquina. La mujer de buena gana me invitó a sentarme junto a ella, dijo: las letras corren de izquierda a derecha, metió papel, sus manos fueron invisibles por el teclado. De regreso en casa, volví a poner otro pretexto: tengo trabajo de la escuela, para escribir se necesita calma. Al día siguiente salí temprano de casa, volví al palacio municipal, la mujer me dijo otro secreto de su trabajo: debes grabar en tu corazón la posición de las letras; para que puedas escribir sin el trasto de las palabras, imaginar las letras; para que cuando estés frente a la máquina no veas las letras mientras escribes. Toda la mañana permanecí sentado con los ojos cerrados junto a la mujer, memoricé la posición de las letras, grabé en mi memoria el golpe, el sonido de cada letra. Regresé a la casa, en la noche no pude dormir, imaginaba en la oscuridad hileras de letras, interminables.

El tercer día en casa de mis padres amaneció con la misma solicitud de mi madre, escribe. Mi madre quería lo mejor para mi vida, proporcionarme un oficio, una forma de ganar el pan honradamente, un trabajo. Escribe.

Volví a estar junto al escritorio de la mujer, me dijo: puedes hacerlo, intenta. Repitiendo sus actos metí papel, me guiaba por los sonidos que emitía el trasto de las palabras, aquella respiración industriosa, de engranes y resortes, golpes secos. Escribe tu nombre, dijo la mujer. Escribí mi nombre, pude hacerlo, en mi cabeza se quedó el sonido que producen las teclas al escribir las letras de mi nombre. Yo tenía cara de niño, un palo con ojos, feo, pelos parados; para aquella trabajadora del ayuntamiento no era más que una diversión que le había llegado a su escritorio.

Escribe, dijo mi madre. Era la tarde del tercer día, con solemnidad acerqué la máquina de escribir al patio, una mesa, mi madre estaba sentada en la hamaca, corría la brisa, pronto entraría la noche. Metí papel, ajusté la hoja, respiré profundo, de mis manos de adolescente sin juicio salieron los sonidos. Mi madre, retirada un poco, en la hamaca, escuchó la magia de las palabras, se iluminó su rostro, respiró profundo, yo estaba metido en la escritura. Una y mil veces escribí aquella tarde mi nombre, escribí sobre diez hojas. Ahora me lees lo que escribiste, dijo mi madre sentada en la hamaca, entrada ya la noche. Y el encanto de los sonidos se volvió a producir: de aquellas hileras cargadas con letras negras salió una historia, como si se tratara de un sueño, eran mis palabras que decían cosas que yo desconocía. Mi madre en la hamaca pudo ver imaginariamente lo que su pequeño hijo había escrito, una historia de mares y tormentas, pesca, zozobra; le conté la historia del niño que se hizo pescador. Al terminar, todavía ella sentada en la hamaca, junté las hojas, cerré la máquina, ella preguntó, ¿dónde vas? Ven, te doy un abrazo, dijo. Pude ver a mi madre conmovida por el relato, en sus ojos se asomaba la alegría, una lágrima, el orgullo por su hijo. Anda, ve, dijo, guarda tu trabajo.

Así me hice escritor, por ignorante, por no saber, por salir al paso de una pregunta que me hizo madre; yo solamente era un vago, dije.

El café estaba sólo, los tres ocupamos a esa hora la única mesa, en aquella tarde de calores. Nahui dijo: “mi padre me pelea porque fumo”.




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