Richard Ford Credit Fred R. Conrad The New York Times

El lector en casa

Pensé en Hemingway frente a la báscula cada mañana, su lucha contra la retención de líquidos, la búsqueda del médico español para encontrar remedio y continuar su vida de aventuras; aquél medido control en el consumo de la bebida.

El domingo tenía cosas pendientes de hacer, arreglar la ropa para el viaje, ensayar mi participación del día siguiente; prepararme para el transbordo en la ciudad, las aglomeraciones; todo requiere de un gran dispositivo hecho en la mente. Yo sólo pretendí ser un escritor del sureste mexicano pero los acontecimientos tomaron otro camino. Ese domingo obtuve el apunte de Richard Ford, el apunte sobre el tono de la narración. Descubrí que se puede dar tanta intimidad, tanta cercanía a los hechos narrados a partir de un modo de decir las cosas.

Se pueden contar las cosas más truculentas y asombrosas, un niño mira matar a su padre a un hombre en la sala de su casa, y conseguir el tono de inocencia y maldad que un pequeño adolescente puede lograr en el fondo de sus recuerdos, la memoria, ese plano de la historia que avanza a salto de mata y se hace verdadero en medio del montón de inventos.

Esa percepción de la verdad que hace que una narración avance sin contratiempo a pesar de la historia misma; la historia de los perdedores. Cierto realismo sucio que ennoblece las acciones de los personajes, los cuadros narrativos, -el sitio de obreros del ferrocarril, el sindicato amañado de trabajadores, la esposa y la familia de los obreros próximos al desempleo- que la convierte en próxima a tu historia misma que se desarrolla en medio de la naturaleza dura, imposible. El crimen.

Habrá que tener madera para ver durante la lectura el paisaje narrado hasta lograr meterte en la cabeza de los personajes y anticipar los hechos, el desarrollo. ¿No te pasa eso?, ¿que quieres anticipar cuadros de lo narrado? Un hombre que regresa a casa luego de una dura jornada de trabajo bajo la nieve en los patios del ferrocarril, apenas cubierto por una delgada camisa, que entra a su casa con ojos de enloquecido, que con seguridad cometerá un hecho terrible, un crimen porque un hombre que sale a trabajar por su familia en esas condiciones es capaz de todo. Y quien lee se queda quieto y pretende anticipar los hechos de la historia que se desarrolla frente a sus ojos –en sus ojos mismos, dentro de su cabeza-, como en un juego de cartas. Anticipar el futuro siempre fue asunto de animales. Y esa enseñanza de sentido moral obtenido de la sin razón humana, esa enseñanza. A veces el asunto pedagógico duele, apesta. Y en otras, cuando sólo muestra sin intención de adoctrinar, cuando sólo relata cuadro a cuadro la enseñanza, atrae, subyuga (cuando ayuda a realizar la enseñanza a quien lee). Algunos autores dictan que habría que matar al autor para que los hechos del relato aparezcan sin intenciones; otros afirman que habrá que sobresalir tanto el autor hasta que desaparezca, que sea como dios o como un ángel, que sólo facilite el relato.

Así me encontraba aquel domingo, con las cosas pendientes para el viaje; metido en el recuerdo de lecturas pasadas, todavía tenía que salir a la papelería por una impresión del documento que leería al día siguiente, pasar a la peluquería de la esquina a cortarme el cabello, comprar la comida de la perra; escoger la camisa para la lectura (uno espera que un padre que vuelve a casa bajo la nieve cometa una imprudencia, un crimen, por ejemplo); cuando afuera se escucharon los gritos.

 




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