Manuel Rodríguez Lozano, Retrato de Andrés Henestrosa (1925)

Henestrosa: «Y de pronto… resulté un muchachito muy culto»

JOSÉ VASCONCELOS ERA UN SOL

II DE VI

José Vasconcelos era un sol y cuando lo conocí era su mediodía, el sol en la mitad del cielo, en el cenit. Tuve un pleito con él porque llegué tarde a buscar pensión. Entré a verlo, llevé a un intérprete, Prisciliano Pineda, un manco de la Revolución. Hasta después descubrí que hablaba tan mal español como yo, pero fue mi intérprete. Le dijo a Vasconcelos: mire este muchachito, mire qué bonito es, no tiene dónde comer, dónde dormir, no quiere regresarse a su pueblo y quiere que usted lo ayude con una beca, con internado.

Vasconcelos estalló; porque siempre nos pasa o suele pasar que preferimos cambiar violencia por sufrimiento; cuando tu sabes que no puedes ayudar a alguien te irritas, en vez de decirle lo siento no puedo ayudarte, y eso fue lo que le pasó a él. Levantó la voz y dijo: las becas se dieron en noviembre, empezaron las clases en enero, estamos a mediados de febrero. ¡Yo no estoy aquí a esperar a los que llegan tarde! México ha perdido mucho tiempo con la Revolución y tenemos que recuperar ese tiempo.

Y yo que venía del monte, de ordeñar ganado, de capar  toros, capar marranos, levanté la voz y le dije a Prisciliano en zapoteco: dile a este hombre que estoy aquí por su culpa. Pues dice el joven -perdone usted señor Secretario- dice que está aquí por culpa de usted. ¿Por culpa mía? ¿Por qué? Entonces yo a la carga en zapoteco: porque él publicó en los periódicos un  papel que decía que triunfante la Revolución mexicana los indios, los pobres y los huérfanos iban a tener escuela, libros, plumas, lápices, pizarras, cuadernos y yo le tomé la palabra. Y me dijo: si quiere le doy cama, lavado de ropa, inscripción para ser maestro de escuela ¿qué le parece? Me dijo Prisciliano, ¿qué dices? Sí, adelante.

Entonces Vasconcelos tocó un timbre, vino un señor Trápaga, gordo él, cacarizo, la nariz afilada por las viruelas, sin duda oaxaqueño; no me acuerdo de su nombre de pila, sin duda maestro de escuela porque le dijo Vasconcelos: le va a dar a este muchachito todos los libros que hasta ahora hayamos publicado ya en la Universidad, ya en la Secretaría de Educación y todos los que usted cree que son necesarios para que un indio aprenda español y para que sea maestro de escuela.

Trápaga me dio todos los clásicos: Homero, Plutarco, Tolstoi, Los Evangelios. Yo leí todo eso; no entendí nada, ni mamá, pero los leí y recuerdo bastante esos libros. No me enseñaron nada pero sé que me enseñaron esta lección: nada de lo que no entiendes hoy se pierde por completo, con la ignorancia se hace la sabiduría; un día, lo que no entendiste te sirve para entender.

Y de pronto… resulté un muchachito muy culto que hablaba de Homero, Eurípides, Esquilo,  Sófocles y de uno que se llama Aristófanes, con quien  me  han  comparado; un malhablado, un lépero. De repente  resultó con que era yo escritor. ¿Pero cómo? ¿Escritor? No me diga ¡No puede ser! Mi tutor Genaro López Miro, profesor normalista y abogado, diputado constituyente, no lo creía. Un día me presenté con una calificación de diez en español y me dijo el juchiteco: ¡No puede ser! ¿De dónde un juchiteco saca diez en español? No se había visto hasta mi caso ¡Es una realidad, por eso lo cuento!

Y ahora ha resultado que he embaucado a tanta gente, que tengo fama, tengo gloria, tengo aplausos, gano premios. A todos les he tomado el pelo. Ja ja ja.

Nota de la redacción: Mañana parte III




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