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Obtener la vida en el cuento: “Desquicios” de Perla Muñoz

ARACELI MANCILLA ZAYAS*

OAXACA, Oax. (sucedióenoaxaca.com).- Conocí a Perla Muñoz siendo una niña. Recuerdo sus primeros escritos de aquel entonces; contenían una especie de seña que hacía de su escritura algo muy singular, y me refiero específicamente a la rareza, a ese elemento extraño y casi siempre perturbador que uno encontraba en sus narraciones, historias que no solían entregarse de una pues había que sopesarlas, mirarlas con cuidado para desentrañar lo que la escritora decía, más allá de lo obvio.

Creo que con los años esta cualidad en la escritura de Perla Muñoz persiste y quizá se haya acentuado. Desde luego, con otras más. Una muy atractiva para el lector es la concreción que nos acerca a esas atmósferas difíciles aunque dolorosamente veraces en las que suele envolver a sus personajes. Concreción extendida a las situaciones donde transcurren las existencias de esos seres anómalos que se ha quitado de encima a la hora de escribir sus Desquicios.

Al decir esto, estoy recordando a Cortázar, cuando hablaba de cómo se escribe un soberbio cuento corto. Pues resulta que así, arrancándose a la alimaña: justo lo que hace Perla en las diecinueve historias que nos ofrece en su libro.

El Título del libro es una declaración de principios que la escritora esgrime para desprenderse de lo que la desquicia u obsesiona convirtiéndolo en materia de escritura y poniéndolo al servicio de su técnica narrativa. ¿Cómo lo hace?

En primer lugar eligiendo escribir historias muy breves que no rebasen las cinco páginas. Una elección así demanda en el narrador economizar medios y hacer una selección fina y atinada de los elementos que aparecerán en la historia, si se quiere que esta cumpla con su impacto en el lector.

Hay que decir que para lograr esto, lo sabemos, no basta con que el tema elegido sea truculento o extraordinario, es necesario además que la anormalidad con la que se entusiasma al lector, sea escrita desde una postura narrativa, desde un posicionamiento que permita que la historia cobre vida por sí misma sin que se note la intermediación del creador.

Un cuento o relato breve, para que llegue al alma del lector exige lograr un equilibrio de factores que involucran el ritmo, la tensión, la pulsión interna y lo imprevisible de la historia. Quien desee lograrlo escribirá jugándoselo todo para que, entre aquello que pide ser expresado y lo que finalmente se narrará se cuelen con fortuna el azar y el arrebato. De esa manera, lo que se tiene que contar podrá transmitir todo su misterio.

Así que escribir narraciones breves equivale a emprender una alquimia gozosa y extenuante que, de funcionar, producirá textos que rebasen lo estrictamente literario o formalmente bien escrito y deje huella en el lector.

En el caso de Desquicios, el tema que ha escogido Perla para su libro –lo adelanta desde su inicio– es el de la miseria y la muerte.  La obsesión que une sus diecinueve historias es la imposibilidad de la felicidad. Una crueldad y una tristeza permanentes campean en el pueblo llamado Desquicios que ha surgido del trance de su escritura. Pero al crear tal lugar y hacer que el lector lo visite, la escritora ha cuidado que la forma con la que se entra a sus ambientes cumpla con la precisión y el tino necesarios.

Hay un cuidado formal muy bien pensado en estos cuentos y su soltura les ha permitido surgir en un estado que podría llamarse salvaje.

El pueblo llamado Desquicios, creado por Perla Muñoz con pleno conocimiento de sus herramientas literarias, es un escenario donde transitan seres que dejarán perplejo al lector.

En él aparecen paisajes donde, sobre todo a quienes vivimos en Oaxaca, una ruralidad conocida nos acecha. Hallamos los caminos, las cactáceas, los árboles, las aves, las flores silvestres, las hierbas, el maíz con los que nos topamos todos los días. Nos son familiares los objetos de la cotidianidad, los alimentos y una amplia variedad de insectos que, a la vez, son personajes de las historias, como los gorgojos o las mariposas.

Esos insectos forman parte de unas artes plásticas que los han explorado intensamente en Oaxaca y surgen a menudo como el único recurso alimenticio de los pobladores de Desquicios. Y no son sólo chapulines, hormigas, gorgojos o abejorros; hay también cucarachas, piojos, liendres, garrapatas y chicharras que pronto terminan en el estómago.

En este libro los paisajes nocturnos, los senderos y la visión del campo y sus alrededores se perfilan con una fidelidad llena de belleza.

A través de trazos evocativos, cargados muchas veces de poesía, se nos hacen sentir el viento, el sol, los ríos, las distancias, el cielo, las estrellas.

Pero no se confíe el lector. Al lado de este entorno sublime, la historia de dicho pueblo desquiciado es la de sus pérdidas. Es la de una privación que empieza con el cuerpo. Es la narración de la vida de seres que tienen un hambre ancestral, en todos los sentidos. Tanta hambre los consume que se devoran a sí mismos o a otros seres humanos cercanos a ellos.  Para mejor mirarlos, su precariedad se nos enfoca con una lente de alta definición que ilumina el desamparo momentáneo dejando zonas oscuras, sucias, de un hedor insoportable.

Al entrar en Desquicios, la deformidad que suele esconderse de la vista pública emerge y no hace concesiones: he ahí el rostro de una abuela, un padre, una madre, una hermana, un hermano, un sobrino. Tiene el cuerpo del enano o la enana, del deficiente mental, la cabeza del hidrocefálico, la pierna chueca que posiblemente fue lastimada a martillazos.

Hay mucho que no sabemos en Desquicios, vida que se insinúa detrás del acontecimiento particular al que nos adentra cada historia; pero el tiempo que la narración escueta de Perla Muñoz realiza se condensa de tal manera que recoge los otros tiempos arrastrados por los sucesos.

Es así que más allá del abandono de una hija por su padre, por ejemplo, podemos intuir el abuso sexual o la violación que la joven ha sufrido previa e irremediablemente. O, en otro caso, como trasfondo de la mutilación de un pene palpamos el odio visceral de una suegra.

En este andar en medio de cuerpos cercenados, dientes podridos, alientos fétidos, pezones desgarrados, uñas mordidas, laceraciones impuestas o auto infligidas, el abandono afectivo es la gran sombra que acompaña a los pobladores de Desquicios.  La privación de una humanidad mínima que los saque de la locura es lo que prevalece. Al escucharlas con atención, las voces de sus habitantes dan cuenta de realidades cercanas, por más que no deseemos mirarlas directamente a los ojos.

Llevándonos bastante más allá de la anécdota, Desquicios llama a pensar en los límites del cuerpo, y lo hace retando nuestra capacidad de aceptación y resistencia. Se asoma a las esquinas donde la crueldad se ceba con la vejez y la decrepitud, sin olvidarse de los niños maltratados, mutilados y los animales sujetos a una crueldad sin remordimientos. Muestra, con una sonrisa sin dientes, la violencia que envilece a hombres y mujeres y con su transgresión cuestiona la eficacia de las posiciones políticamente correctas.

En Desquicios la pobreza material se hace visible con todas sus letras y expone su decadencia espiritual, a la manera de irremediable consecuencia, invocando a una piedad que no podría tener el “ojo negro de Dios” al que se refiere la autora, sino la de nuestro estupor.

Desquicios, en tanto discurso ético, desafía la naturaleza amorosa del ser humano al negarla con crudeza y ternura de harapos; la provoca a fuerza de comprometerla con una desolación que no podría tener seguidores en ninguna red social.

Nos hace mirarnos en su territorio ficticio, que se vuelve el espejo imaginario de lo que también somos claramente como comunidad, como país y como mundo en decadencia.

Como trabajo narrativo, cumple a cabalidad con el décimo precepto del decálogo que Horacio Quiroga propuso en su momento para ser un perfecto cuentista; el único que fuera imprescindible para Cortázar: “Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento”.

*Texto leído por la poeta Araceli  Mancilla en la presentación de “Desquicios” (Editorial Avispero 2017), el 29 de noviembre de 2017 en la biblioteca de literatura del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca.

Fotografía: WWW.YACONIC.COM




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