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Escribe para ti / capítulo II

El amor es caprichoso, pero tiene buena reputación. Hace muchos años un tal Pedro escribió que el amor todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta; que el amor era algo así como una fuerza poderosa, invisible, estridente, cálida y piadosa. Dijo también que el amor no guardaba rencor, que perdonaba hasta el más grande de los desaires, que se gozaba en la bondad y la verdad.

Tenía 16 años la primera vez que leyó aquella cita sobre el amor; en aquel momento le pareció bastante absurdo y aventurado hacer tal afirmación; pero como el texto versaba sobre el amor fraterno y el amor de Dios, le pareció adecuado para el contexto.

Diez años después, frente a un cristo y sollozando, dijo: Si esto es el amor, si en verdad es amor… no me dejes sufrir, porque dicen que el amor es bueno, cálido y bondadoso, no este tormento, no este dolor, no este fuego que me abrasa por dentro, no este rencor que siento surgir en mi corazón.

Pasaron tres meses en que se dedicó a llorar por su amor, y, como si se tratara de un ángel, Lorena la salvó, todos los días a la misma hora en el recibidor. “Es que mírate, deberías observarte, bonita, inteligente, dedicada, plena, ¿qué más? ¿quién más?”

¿Quién más? El mismo que quiso armar muebles y tener un perro, el mismo con quien soñó plantar almendros y cerezos. El mismo con quien quiso un pez, un amor, una vida, una eternidad.

Porque de eso se trata el amor, de la eternidad, de la aspiración de eternidad, de las ganas de trascender, de perdurar, de ir más allá de sí mismo, de crear más allá de sí mismo, de encontrarse en el otro, de descubrirse a través del otro; con miedos y letanías, con suspicacia e incredulidad.

De eso se trata el amor, de querer dar, de recibir sin pedir, de querer estar, de estar… el amor es sobre eso, sobre amar y no olvidar. No olvidar que, en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad, el amor siempre perdurará.

Así que insistió, todas las noches clamó al mismo Dios. Y, como suele ser de perverso, Dios la escuchó, tal vez cansado de su llanto, tal vez conmovido por su dolor, tal vez, solo tal vez para demostrarle cuán equivocada estaba acerca de lo que es el amor.

Un día, así como se fue, volvió. Volvió con su sonrisa, con sus manos tibias, con su mente ansiosa, con su falta de humor, con los hoyuelos de sus mejillas, con su aire infame y traidor, volvió como quien vuelve de un sueño, de un viaje que duró apenas unos días, preguntando, pidiendo, prometiendo como buen soñador. 




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