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El frasco de la infancia

Uno

Sobre las hojas del libro soy un niño que se guía por los colores. En la mañana busco la página donde detuve la lectura la noche anterior, el conocimiento crece entre señales; encuentro la página, mis ojos reconocen los renglones marcados con rojo y azul. Tengo preferencia por el subrayado a dos colores. Cuando realizo la jornada de lectura ando armado de un bicolor como los maestros albañiles que atraviesan andamios y muros, alturas, amparados por un trozo de lápiz en la oreja (todo esto lo puedo ver en las obras de la reconstrucción).

Me gustan los subrayados cortos, una oración en rojo despierta mis sentidos, me disponen a extender el pensamiento, me orientan los colores en la mañana de los ojos cansados. El azul me significa concepto y significado, constancia y trabajo, teoría de la construcción literaria. Siete líneas rayadas en azul, entre una línea punteada con rojo arman un sonido específico que llega con grandes corrientes de mis ojos a todos los órganos del cuerpo, como impactos en el agua.

___ En el sismo del 85 escuchaba de noche las voces de la gente atrapada entre escombros, toda la madrugada se quejaban, desde ese tiempo son insomne –dijo mi madre antes de encender el cigarro.

Parto del color y su sonido a lenguajes mayores, profundos. ¿Qué es el lenguaje? Una carga, una intención, un señalamiento; un tono más allá que la pura necesidad de información. El rojo y el azul me acercan a una realidad figurada en el preciso instante en que aparece sobre la página con su alta dignidad el subrayado amarillo.

___¿Qué podemos hacer con nuestros muertos? –preguntó mi madre.

___ Caminos con árboles que cobijen el paso de todos –dijo sin esperar mi respuesta.

Dos

Acostado en la hamaca entrecierro mis ojos, recuerdo a mi madre, fallecida en el terremoto del 7 de septiembre (la vida no sigue, no puedo separar el olor de la comida de mi madre de los escombros):

Para crear el mejor escabeche del mundo se requiere desnudar sin lágrimas la cebolla. Mirar de frente al fuego, ubicar con tiempo la hoja de laurel, las yerbas de olor cortadas en cuarto menguante. Trabajar con esmero la sal de grano para disponerla con el pulpo en esa larga conversación amorosa sobre asuntos de las profundidades marinas, las fosas abisales donde cada especie porta su propia luz sobre la cabeza como si fueran sombreros de carnaval y disfraces. Inventarse un abuelo con tierras y olivares, pedir los favores de una buena cosecha. Meter las manos hasta el fondo en el laboratorio secreto de la tarde para sacarle sabores de la infancia. Escribir la fórmula con tinta de limón persa, para que la letra sea transparente y se mantenga lejos de la mirada de la envidia, que todo lo pudre. Y contar con la aprobación necesaria de una mamá buena que siempre ande enamorada del olor marino que brota entre timideces y recatos del frasco grande de cristal.

 

 

 




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