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Un hombre cargado de ira

Bendigo a los cuatro pilares que sostienen la enramada, nada les cuesta dejarlo todo. Maldigo a la suerte, tan huraña con la gente, nada le costaba recoger en su manto a nuestro pueblo. Bendigo esta tierra, que regresa a la calma (bien puede permanecer en la tembladera como humilde forma de protesta. Hay agravios, pero en el dolor sólo miramos las heridas, el cerebro protege la mirada por reducción simple del paisaje, el olvido, característica primera de la especie).

A un mes del sismo bendigo a la hormiga asteroide rutilante que con su voluntad pedagógica muestra el camino de la reconstrucción, su amor al trabajo. Maldigo al gobierno enamorado de pensiones y muladares, chanchullos,  su nombre está escrito en papel periódico que arrastra el viento –en la desgracia mantuvo el rojo listón inaugural entre sus manos, como verdadera reina de las fiestas de mayo.

Desde la noche negra de septiembre no para de temblar, la cuenta de las réplicas la perdí allá por las mil 700 impresiones de registro; era delirante emponzoñar el miedo. La calle y la hamaca, los árboles donde la cuelgo no dejan de lanzar bendiciones al mal tiempo, verdaderos seres magnánimos en los que amparo la existencia.

Por aquí pasó el miedo. Leo, subrayo, escribo. ¿Soy el mismo quien hace las tres operaciones? El que subraya la página del libro es un muerto. El que lee un desesperado, un perseguido que busca llenar el hueco causado por la angustia que provoca la tierra que tiembla; quien escribe es un animal del aire.

Escribo con un cabo de lápiz que calza muy bien entre mi pulgar y el índice. Mientras escribo busco el aire para llenar mis pulmones. Jalo al máximo. Retengo y escribo. ¿Cuál será la capacidad de mis alvéolos para producir el oxígeno requerido por mi cuerpo para terminar de escribir la frase? El aire retenido aporta el suficiente oxígeno mientras realizo la escritura de los signos.

Hago la prueba y echo a volar el párrafo mientras retengo el aire en los pulmones. En un primer momento me mantengo tranquilo, controlado, el cerebro elabora la oración sin prisa, acorta la distancia entre lo que quiero decir y lo que digo con esta escritura.

Alcanzo a distinguir que la escritura avanza entre lo que deseo escribir y el acervo de lo ya leído; sigo un ritmo alimentado por suficiente oxígeno. Hay un camino donde se orienta mi voz entre lo ya dicho y lo que tengo que decir, un orden interior. Aunque, debo reconocer que en este camino se distingue que ya lo abordaron otros, se ven rastros, huellas.

No soy explorador, abordo el camino que ya anduvieron otros; soy una expresión ya pasada. Al momento en que mi cuerpo registra la falta de oxígeno en la sangre el cerebro se apresura (ya no distingue bien a bien referencias e intenciones, sólo quiere terminar la oración iniciada); podría decir que es mi carencia de oxígeno lo único que aporto a este camino ya andado por otros para alcanzar a expresar la idea. Llego al punto final y suelto de golpe el aire retenido.

El que escribe es un muerto que regresa a recoger sus pasos; un recién nacido que aprende a respirar luego de la vida amniótica; un ser salido del agua que busca desesperadamente la bocanada de aire. Alguien que desconoce el presente, alguien inutilizado que sólo le urge  satisfacer su necesidad de aire.

Escribo, leo, subrayo. Son dos los muertos que hacen la operación de leer y escribir. El que escribe es un recién nacido que ya a sus escasos instantes de vida enfrenta una enfermedad profesional; sólo sabe seguir adelante, ser necio. ¿En la falta del aire, hasta dónde llega el punto final? Para el que escribe, la distancia resulta tan larga como el recorrido que atraviesa la ciudad; para el que lee, no significa gran cosa, sólo unos pasos. La prosa es aérea, requiere de todo el aire para llegar al punto final.

Leo, escribo, subrayo tendido en la hamaca. La posición resulta incómoda, soy atacado por calambres que llegan de la punta de los pies a la espalda. ¿Qué oficio es este de escribir?  Verdugo y víctima; el oficio de la circulación de la sangre. Un asunto de proporciones de oxígeno, contener la respiración, retener el aire en los pulmones hasta expresar la idea; esfuerzo por mantener en suspenso las cosas secretas, lo que alguien sabe y lo oculta intencionadamente.

La escritura llega con tachaduras y enmendaduras, todo va a la cuenta de la cantidad de oxígeno que se guarda en la sangre, que es filtrada por procesos hepáticos. La escritura como una acumulación bancaria del aire, entre más cuentas con reservas más escribes. La escritura como la única realidad, la del oxígeno en la sangre más allá de los estados de ánimo, de tristeza o ansiedad; dicha.

Entre los seres magnánimos que me amparan puedo poner a mi hígado, los riñones. La escritura como una diligencia que corre con caballos desbocados tratando de alcanzar el aire para satisfacer la demanda de los pulmones mientras el hombre que empuña el lápiz se pone morado entre la idea, la letra y el oxígeno.

Desde el sismo de septiembre los zancudos cobraron nuevas proporciones, registran cierta evolución que aumenta su tamaño; habrá que pedir a la ciencia una investigación pronta sobre la evolución de los zancudos.

 

 




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