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Relato interpretado

Un relato siempre puede ser interpretado,

Es decir, vuelto a narrar.

PIGLIA, La forma inicial

Mañana sábado al despertar encontraré la máquina de matar hormigas, mi hermana y yo esperamos una máquina enorme, tendremos cuidado para no morir con el poderosísimo veneno.

Con el terremoto descubrimos los caminos secretos que esconde la tierra, las cosas perdidas reaparecen cargadas de polvo y los límites del patio que miramos durante tantos años reanimaron sus viejas colindancias entre el mar y la montaña; la tierra se volvió plana, infinita, atravesada por hormigueros que se hunden en el suelo. La tortuga Bigu de mi hermana Mariana reapareció, se había perdido hacía años, la rueda diminuta del auto armable que perdí hace unos meses de pronto volvió a la luz; las agujas de bordado de mi madre, los lentes de la abuela, todo se hizo de nuevo frente a nuestros ojos.

La noche del jueves despertamos, la madrugada del terremoto, como hormigas aturdidas por el humo del veneno; como si en lugar de la casa y su patio, las flores y las paredes, la gente y sus recuerdos, el techo fueran hojas y semillas amontonadas por un ejército de hormigas en las profundidades de una tierra con el aire enrarecido antes del aguacero. Una mano inocente introdujo el pico de la manguera y abrió sin precaución la llave del humo con veneno, todos salimos atontados.

Me acuerdo que mi hermana Mariana llegó esa noche de casa de tío Carlos, había salido a jugar con sus amigas. Mi madre permite que Mariana salga a jugar a casa de Tío Carlos porque el patio está bardeado, ahí juega con sus amigas de la escuela, levantan cobijas sobre las ramas del tamarindo y se ponen a jugar con sus muñecas, inventan que la sábana blanca y azul, con dibujos de osos de peluche y cajas de regalo forman el techo de su casa, una nueva casa. El techo de la casa donde viven y crían a sus propios hijos y los mandan a la escuela y les preparan el baño y la comida, les arreglan la ropa, les sirven el almuerzo. En el juego de las niñas no aparecen los maridos. Las niñas juegan a ser amas de casa, así se divierten después de hacer la tarea; porque eso sí, mi madre permite todos los juegos y diversiones pero primero le tenemos que mostrar que terminamos los trabajos de la escuela, y leemos frente a ella en voz alta la página de un libro. Todas las tardes tenemos que pararnos frente a ella en la sala y dar en voz alta la lectura a una página de un libro, cualquier libro. Yo escogí un libro de Cortázar, un libro de cuentos, el cuento que leí aquella tarde del jueves del terremoto era Los venenos.

Mi hermana se llama Mariana pero Tío Carlos no se llama así, se llama Luis. Un relato siempre puede ser interpretado, es decir, vuelto a narrar. Lo de Tío Carlos lo saqué del cuento de Cortázar, ¿a qué otra cosa me puedo agarrar ahora que toda la casa está perdida? Se perdieron las muñecas de Mariana, la dentadura de la abuela, los mandiles de mi madre. Se perdió la casa y se perdieron los juguetes, un balón azul de básquet, la bicicleta y los patines. Se perdió mi padre bajo los escombros. Sólo tengo el recuerdo de las historias leídas, y con ellas rearmo este mundo.

Me gustaría operar la máquina del veneno de Bánfield para atacar con ella, con su humo poderoso, a todos los rateros que echan balazos de noche. En la tienda de campaña que nos dieron entran todos los sonidos, los grandes y pequeños, los que nadie escucha. Claramente se escuchan los pasos, los ronquidos, los ruidos. En la calle se escuchan detonaciones, todos pelamos los ojos porque con la caída de las casas ya nuestro sentido no se sabe orientar. ¿Por dónde se escucharon los balazos? No lo sé, trato de imaginar el lugar de donde parte el miedo pero todo es oscuridad, noche cerrada. La otra noche escuché el trotar de un caballo, pero en la calle donde dormimos no hay caballos. Luego escuché las ruedas de un camión, la carretera está a muchos kilómetros de aquí pero en la noche se escuchan los autos que pasan, el motor cuando frena como si todos los autos del mundo estuvieran en la esquina. Será que en lo único que pienso es en escapar de aquí, salir volando sobre una alfombra con mi madre y mi hermana, la abuela, el Tío Luis y decirles a todos, “¿ya ven?, los sueños existen”.

Pero no tengo la máquina de los venenos de Bánfield para acabar con los malos, los políticos, los militares, los rateros que tanto asustan a la abuela. Tío Luis, que no es Tío Luis sino Tío Carlos, dice que si cierro los ojos y deseo de corazón los deseos se cumplen. Ya estoy cansado de desear y cerrar los ojos.

Pasan los días, ya no sé cuántos días pasaron después del terremoto. Sólo recuerdo que mi madre me decía “terremoto” aquélla noche cuando no paraba de correr en la casa. El recuerdo de los cuentos de Cortázar me hace enfrentar la desdicha, imagino que en el patio cargado de escombros hay begonias, en el patio sólo había tulipanes pero todo lo arrancó el muro del baño al derrumbarse. Imagino el suelo donde estaba el palacio municipal, estará cargado de hormigas, de ratones. Escuché a mi abuela decir que la presidencia era el sitio de la maldad y que estaba repleta de alimañas. Imagino la tierra cargada de arañas, cucarachas y entonces cierro los ojos e imagino historias, el recuerdo de las historias que ya había leído antes del sismo.

Abuela se mira arrugadita sin su dentadura, recuerdo que un día entré al baño y encontré su dentadura completa dentro de un vaso. Le dije a Mariana al regreso de la escuela, ¿quieres ver algo? Si, respondió. Entramos al baño, la regadera estaba con su gota sola que no para de caer. Los muebles limpios y relumbrantes y en el vaso donde estaba la dentadura de la abuela brotaba una rosa roja de pétalos grandes. “¿Para qué me traes al baño si aquí sólo hay las cosas silenciosas de todos los días?”, dijo mariana y salió corriendo a jugar con sus muñecas. Yo me quedé para investigar el misterio de la dentadura y la rosa.

Mariana tiene miedo por lo que pasó y por lo que imagina que pasará. Ella dice que vendrá el ejército y nos matará a todos. Yo la abrazo, ¿cómo le puedo decir que ya nos están matando de a poquito? La abuela con sus lentes viejos parece más viejita. El otro día un oficial le tomó la mano a la vecina, le dejó tres bolsas con despensas. Yo observo todo porque no tengo mis libros para ponerme a leer, ocupar mi tiempo. El primo Manuel, que llegó de la ciudad para ayudar en la emergencia, me enseñó una revista donde decían que esta tierra iba a desaparecer. Me asusté mucho, pero lo pude increpar: “No creas en las noticias, las noticias sólo hablan de desgracias, de los políticos”, le dije.

Anoche soñé con mi gato Mimo, el que murió bajo los muros de la cocina. Era buen gato, cazaba y me traía ratones. Yo abría la panza a los ratones muertos, pero eso no se lo dije nunca a mi madre, era el secreto entre Mimo y yo, que me quedaba viendo con sus grandes ojos azules mientras se relamía los bigotes. Imagino que Mimo andará lejos, bajo la tierra, cazando ratones con sus poderosos ojos que miran en la oscuridad.

Todos nos abandonan, menos los muertos. Pasada la emergencia se fueron todos los que llegaron a ayudar a la gente con la desgracia. ¿Por qué se hace tan largo este despertar en la mañana del sábado?

Fotografía: EDWIN HERNÁNDEZ/EL UNIVERSAL




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