cantina

Embrujo de amor

En algunos hombres el umbral del dolor causado por una herida en sus sentimientos es pequeño; tan mínimo que quien lo enfrenta, al momento, para terminar con el sufrimiento, desea que morir.

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Llegué a este bar por una mujer, por el amor de una mujer, por su cariño, su engaño; llegué aquí por una traición, el dolor de la traición, la vergüenza del engaño. Ahora bebo en la barra, en la esquina apartada de esta barra. Escucho música pero mi corazón ya no siente la música. Escribo por desesperación, porque me siento hundido en el desprecio y me niego a ver la luz al final de esta angustia, me niego a aceptar la luz que vendrá con el nuevo día; no sé quién verá estas notas mañana, no me interesa, sólo espero morirme.

Soy Óscar M, llegué a Juchitán por la oferta de trabajo hace un año. Las empresas españolas, las eoeléctricas tienen futuro. En la escuela me dijeron eso, cursé la ingeniería en sistemas computacionales y aquí estoy o aquí estuve, dispuesto abrirme futuro. Digo que aquí estuve, pero me adelanto a mi historia. Toda desgracia te hace habitar en un solo tiempo; el dolor te obliga a renunciar al tiempo. Aquí me gané el futuro, con mi trabajo, con mi esfuerzo. Aquí me conocía a Gabriela. Un día, por alejarme de las malas compañías, la cantina, por hacer algo diferente en mi descanso, me acerqué al parque central de la población, el Benito Juárez. Me acerqué al quisco, en su interior tienen una tienda de libros y recuerdos, una pequeña biblioteca. Afuera cantaba un grupo acompañado por guitarra y saxofón. En el interior estaba Gabriela, la encargada de la programación cultural. Conocerla fue enamorarme de su sonrisa, así, a primera vista. Su forma de ser, su conversación. Estaba vestida con hupil y enagua, en morado y amarillo, como el color de la Pasión de Jesucristo (ya lo sé, los colores son blanco y morado pero aquí en esta nota quiero poner el color de su ropa como la imagen de la dicha que trajo mi desgracia).

Le hablé de ella a mi madre, conocí a una chica, le dije, es istmeña; mi madre receló, “ay, hijo, dicen que las istmeñas son brujas, que pierden a los hombres”, dijo mi madre. Mi madre es católica, le conté del respeto que Gabriela guarda a la religión, los símbolos religiosos; su fervor por San Vicente Ferrer. Para que se desengañara invité a mi madre a las fiestas de mayo, regresó encantada. Somos de Saltillo, allá no se ven este tipo de festividades. Antes de la aprobación de mi madre pude conocer a la familia de Gabriela, profesores de instrucción primaria, gente buena.

Juchitán se me hizo puro, hermoso en sus costumbres gracias a Gabriela. Así pasó un año, entre el trabajo y la alegría, los planes. Con ella conocí a los pintores, poetas, músicos de la localidad. Gente buena, esforzada. Pude colaborar con ellos en algunos proyectos de teatro, la iluminación del escenario y alguna curaduría de Internet para una puesta en escena. Hice buenos amigos, Moisés me ganó el aprecio por su franqueza. Esta tarde del jueves me habló por teléfono para preguntarme si iría a la fiesta. “¿Cuán fiesta?”. Hubo un silencio. Insistí, “¿cuál fiesta?”, Moisés me lo dijo, “en casa de Gabriela”.

De mañana no me interesa el mañana. Las historias de traición y desamor, deslealtad están paridas por la misma madre vil; no hay mañana. En la fiesta se anunció el compromiso de Gabriela con un político opositor. Dinero mata sentimientos, corazón ingrato, de golpe era un extraño en esta tierra, un desconocido. Salí de la fiesta, hace horas que me llama por teléfono Moisés, no respondo. Bebo, escribo, hago las dos cosas al mismo tiempo para curar mi pena; de lejos saludo a los conocidos. Todos se reirán de mí, del fuereño iluso, el que no sabe nada de nada, ni de su amor. ¿Con el dolor la gente de aquí propicia que el extraño se integre a esta tierra? No lo entiendo. ¿Sólo con dolor se encuentra el amor en esta tierra? La brujería hace que el hombre extravíe los caminos. Son las 11: 45 de la noche, bebo. Quiero morir.

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A los pocos minutos del sismo del 7 de septiembre los rescatistas encontraron entre los escombros del bar el cuerpo de un hombre joven que empuñaba contra su pecho la pequeña libreta azul de apuntes, en la primera hoja se podía leer el nombre del propietario, Óscar M.




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