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Ley del Mar

Para Eusebio Ruvalcaba en el día de su cumpleaños

“Sin tener la facilidad de expresión, ni dominio de la oratoria, ni ningún conocimiento de la retórica”, son las palabras con que inicia Hemingway el discurso que escribiera para la ceremonia de otorgamiento del Premio Nobel de Literatura en 1954. O eso es lo que Brandon dejó de aquel discurso del gringo impreso en una revista, la tarde en que se negó a comer.

En alguna parte leí que es fácil para un escritor hacer llorar al lector, tocar los sentimientos. Quizá fue en un libro de ensayos escrito por Italo Calvino, Punto y aparte.

No acostumbro recordar los libros que leo en la madrugada. Cada mañana que salgo al trabajo recuerdo a Brandon, el paso de la puerta a la calle me hace recordarlo.

Quizá lloré en alguna ocasión como si se tratara de un texto escrito por Cabrera Infante donde se evoca la vieja Habana, las noches de cabaret y rumberas, la gloria de un amanecer en los brazos de una mulata.

El hombre no tiene que escribir asuntos que desaten el sentimiento de tristeza, que confirmen la pérdida, el paso del tiempo, la riqueza, las fuerzas. Esas cosas se dan por sí solas, caen como fichas de dominó, sin término ni pausa, incontenibles.

Con Brandon entré a la colonia que alza sus calles junto al mar, veníamos de un viaje, una pelea, una guerra electoral. Hicimos pausa en el camino, porque era necesario contar con un sitio donde parar y lamerse las heridas. Habíamos pasado tres meses en tierra de traidores y la tarea no había sido fácil. Ninguna guerra otorga ventajas cuando un puñado de hombres está dispuesto a cambiar su vida por la tuya. Obtuvimos el triunfo, aunque no sin golpes severos que dejaron marca permanente en el cuerpo y el alma.

Brandon sobrevivió a las intenciones de una mano perversa que envenenó la jeringa con la que se aplicaban sus vacunas, tuvieron que tratarlo dos médicos que confirmaron la infección de los órganos vitales, el hígado, los riñones. Tuvo el riesgo de perder la pierna. Por los pesares yo saqué la mentada diabetes. Nada que nos quitará el triunfo, el primer escalón para obtener la victoria está en sobreponerse a las limitaciones del cuerpo.

Con Brandon hice recorridos espectaculares en tiempo récord, 250 kilómetros entre serranías en tan solo una hora con cuarenta y cinco minutos. El tamaño de la empresa requería esa marca, la hicimos.

Brandon estaba atento al camino, una mano fuera de la ventanilla del auto, siempre dispuesto al ataque. Brandon tenía entrenamiento con los cuerpos especiales del ejército. Cumplimos con lo requerido, y más. En ese tiempo se hablaba de los asaltos en el camino, de una banda de forajidos. Nada pasó, los recursos que nos encargaron obtener fueron entregados. Peso sobre peso. Todo se destinó a ganar aquella elección. Pasada la contienda buscamos la paz, Brandon presentaba una ligera cojera. Yo perdí veinticinco kilos en nada, un suspiro. Ya les dije, la guerra nunca termina. Si no es ante un enemigo identificado será contra fantasmas, aparecidos, imaginaciones. Todos pegan duro.

En la colonia Las Gardenias la cosa era sería, aplicaba la ley del Mar, las cosas pertenecen a quien las encuentra. Con el pago por la  contienda  anterior adquirí un terreno, grande, espacioso, con buena vista al Pacífico. Aquí encontraremos la paz, le dije a Brandon.

Antes de bajar materiales de construcción nos metimos Brandon y yo, para que todos supieran que ya habíamos llegado. Luego mandamos bajar las cosas, codiciados bultos de cemento, varillas, camiones de arena y grava. En las noches se escuchaba el estruendo de la marejada, el mal tiempo siempre vuelve; y los azotes que los bandidos se daban contra la puerta de metal.

Los que querían entrar a robar nunca supieron el tamaño de los demonios que les esperaban. Brandon no duerme. Porque para levantar la casa no se trató de tiempo sobre kilometraje o de cifras, representaciones, números entre bandidos o retórica delineada. Eso quedó atrás. La cosa era no dormir, estar ahí para reclamar la ley del Mar y sostener ante quien quisiera discutir, “yo llegué primero”. Así que Brandon los mantuvo a raya hasta terminar la construcción grande, con biblioteca oculta.

Porque la ecuación se solucionaba al mantenerse despierto yo leía poemas a Brandon, él se mantenía despierto trasladando libros de un lugar a otro. Así hasta aquel día que se negó a comer, ya terminados los trabajos de la construcción.

Como siempre en la mañana salí a comprar los dos kilos de pescuezo de pollo que tenía ya apartados. Él se quedó cuidando la casa. En la tarde puse a hervir en el patio los picos amarillos. Pero no comió. Llegaron a verlo dos médicos, nada pudieron hacer. En el piso de la habitación donde reposaba encontré la revista deshojada, algunos libros  partidos por la mitad. Lo enterré en la puerta donde se abre la vista al Mar.

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 Monte Albán

Para Eusebio Rubalcaba

El zancudo canta la vieja canción

Mientras el sol poniente dialoga con Monte Albán.

La abeja laboriosa recoge las últimas partículas de miel

que ofrece la tarde, como lo hace desde la primera piedra.

Mi padre sale al patio con la camisa abierta, enciende el cigarro.

¿Sabrá ya que en otra tarde volverá con la ofrenda de Muertos?

La luz barre el patio con su escoba de tostones,

emerge del humo la poderosa voz de mi padre.

San Martín por la Secundaria, 3 de septiembre de 2017.




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