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La confesión

Para Carmen Elisa

Nunca se sabrá cómo hay que contar esto…

JULIO CORTÁZAR/ “Las babas del diablo”

Yo pensé que ella lo sabía. Los pueblos habitan la ilusión de la transparencia donde todos conocen a todos con tan sólo preguntar ¿hijo de quién? De tal suerte que el tiempo corre sobre los individuos como el destino en el lenguaje literario, sin causas secretas. En las ciudades habla el frío que muerde las mejillas, lo sé bien.

La primera migración que hice fue al puerto de Santa Cruz, distante dieciocho kilómetros de la casa de mis padres. Ahí descubrí que la gente era marcada por la distancia en el tono de su voz, los giros de las entonaciones, me aficioné a las palabras que pronunciaban las mujeres, quise franquear la lejanía y retenerlas.

Luego migré a la capital del estado, un lugar del altiplano donde la voz montaba sobre la hache muda y la ye hasta llegar a las aguas sucias del río, y en las tortillas blandas se hacían las palabras. Yo venía con las costumbres marinas, café y cigarro, frijoles negros con arroz blanco.

Así pasé mucho tiempo, luego aprendí el fervor por el cilantro y el ajonjolí, el dulce níspero. Durante los primeros años en la ciudad seguía con el mundo de la sal gruesa del estero y el pulpo, con el sabor de los peces de media agua que reflejan en sus escamas los sueños de la luna en noches de pesca; el mangle rojo, las cáscaras de coco, su humo espeso que deshidrata la carne abierta del pescado; la fauna de acompañamiento, cucarachas de mar, langostas, sabores de la carne blanca hervida en olla de peltre que nunca se olvidan.

La tercera migración que hice fue a una agencia municipal, San Martín, conocí las bondades del gusano de maguey, el chapulín con ajo, la salsa de las hormigas voladoras que aparecen con las lluvias.

___ Fernando, ¿nunca regresaste a tu pueblo? –preguntó Irene

___ Nunca.

La policía cubría con regularidad las calles de la agencia municipal de San Martín, buscaban ebrios que consumían mezcal en vía pública, riñas, delitos menores. Desde la esquina de la terminal de los camiones se observaba la bandera vaticana que ondeaba allá abajo, en el fondo del valle, sobre la cúpula de la iglesia de Santo Domingo. El aire frío bajaba de Monte Albán, el sitio de las piedras antiguas, agitaba contra los muros las páginas del periódico.

___ ¿No extrañas? –volvió a preguntar Irene tras la ventana.

___ No, en mi pueblo era hijo de mi padre, el Cenizo –dijo Fernando que observaba sus manos contra el remolino de basura que sostenía el viento en la calle-; aquí soy el señor Suárez.

San Martín por la Secundaria, agosto del 2017.

 




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