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El otro mundo

Mis amigos cuando se despiden me llaman por mi  nombre y como me tienen afecto usan el “buenas noches Mundo”.

El viejo Raymundo y su hijo tenían la cantina frente al mercado, por las calles de las mercerías, abrían el local temprano, cada mañana el hijo cargaba los baldes con agua para los baños, el viejo pasaba el trapo húmedo por los ceniceros.

Muy temprano entraban locatarios, por costumbre, porque a esa hora no tenían con quien comentar las noticias del periódico, porque no tenían nada mejor que hacer. “Buenos días, Mundo”, saludaban y los dos hombres respondían el saludo con un movimiento de cabeza y sin preguntar servían la bebida en pequeños vasos de veladora con una cruz al fondo, mezcal blanco, sin gusano.

Al mediodía llegaban algunos clientes por la botana, memelas con carne deshebrada, tacos de sangre, abundante caldo de res. Pasadas las dos de la tarde aparecían los burócratas, gente del gobierno que agarraba la parranda y se aventura por esos rumbos para degustar tasajos y embutidos, mezcales.

Eran célebres los tacos de binza. Todos aseguraban que la binza era el pito de la res, pero nadie podía afirmar tal aseveración. Hay gente que come iguana y se la pasan por pollo.

Antes de las ocho de la noche los dos hombres ponían las sillas sobre las mesas, levantaban la cocina y apagaban las luces. El padre se adelantaba en el viejo Renault, Mundo hijo montaba en la bicicleta. Arriba del muro azul entre las sombras quedaba el cartel de la cantina, El otro Mundo, letras negras montadas en la tabla  que se agitaba con el frío viento del valle.

Un amigo músico me llevó a la cantina. “Te voy a llevar a tu cantina”, dijo. Era día de mercado, sábado. Las calles junto a las vías del tren estaban repletas de comerciantes que venían desde las pequeñas comunidades, gente desconocida en la ciudad, principalmente mujeres. Esa población flotante que forma un río humano compuesto por mujeres dedicadas al comercio de sus bordados.

Mientras mi amigo músico decía que en la cantina tenían las mejores costillas en salsa verde que había probado en la vida, llegamos a El otro Mundo. Nos acomodamos en una mesa junto a la ventana protegida por barrotes de herrería. Una maceta separaba la ventana de la banqueta. Probamos los mezcales.

Nos atendió Mundo viejo, quien era el encargado de recibir a los clientes que llegaban por vez primera al establecimiento. Nos dijo la historia de la cantina, abierta por su padre, el otro Mundo, en 1936. El padre del viejo Mundo había llegado de Asturias, empujado por la guerra civil, en México tenía familiares, casó con una veracruzana. La pareja recorrió distintos estados del país, siempre buscando el clima propicio para que prosperara la cantina y su servicio de botanas.

El que conocimos como Mundo viejo nació en Puebla, era mexicano. Mundo hijo nació oaxaqueño, en el año de la revuelta universitaria, en el 68. El primer Mundo, el español, puso la cantina en el lugar que ocupa cuando se sucedieron las noticias. Ya en los dos mil heredó su hijo, el Mundo viejo. Las tres generaciones caracterizaron el servicio por dar la mejor botana de la ciudad, tan rica que el cliente se chupaba los dedos. Pronto la propiedad pasaría del padre al hijo.

En aquella primera visita el músico y yo bebimos cinco tandas de mezcales y disfrutamos la comida, rica y variada, ese menú que pasa entre la comida española y la indígena. Salimos satisfechos y un poco entonados, no pude dejar de observar en el muro los frascos de vidrio repletos de alhajas, zarcillos y pulseras, que los clientes empeñaban cuando no completaban la cuenta, eso pensé o eso comentó mi amigo músico.

De regreso por las calles de las mercerías vimos a las últimas marchantas que se surtían de sus enseres antes de emprender el viaje de regreso a la comunidad.

Al siguiente sábado me tocó salir por un compromiso de trabajo, con el músico suspendimos la visita a la cantina. Porque ya habíamos acordado regresar. Cuando volví me comuniqué con el músico, quien no podía acompañarme porque estaba de gira.

Ya no pude regresar a la cantina, el trabajo cambió de domicilio, yo me fui tras el trabajo. Por las noticias trato de mantener informado sobre los lugares en que alguna vez tuve residencia. Cuando aparecieron las noticias de las muertas ya no pude olvidar aquella cantina oaxaqueña que tanta gracia me causó por su nombre, yo también me llamo Raymundo.

San Martín por la Secundaria, Oaxaca, agosto de 2017.




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