Coure-1

El cielo encendido

TLATOANI ORTIZ

Si algo me gusta de las noches en esta ciudad es que de la nada, un acontecimiento singular puede transformarlas en algo memorable, casi irreal. Me explico.

Puede ser cualquier noche del año, una noche cálida, con resquemores del viento del verano, o una de esas frescas noches del invierno, y como todo transcurre con una calma provinciana, como si el tiempo tuviera pereza en escurrirse, de repente se desata algo que viene a perturbar, a subvertir el orden de lo real, lo que sea aquello que por real entendemos.

A veces ni siquiera es un acontecimiento inverosímil, un suceso extraordinario que cimbre las conciencias de la gente. En ocasiones es algo tan sutil, tan efímero pero tan intenso que sólo es perceptible por una persona, pero eso basta para desdibujar el frágil trazado de lo real.

La noche avanzaba lenta, cruzando como un pez el mar del tiempo. Las luces del Hotel que queda justo frente a mi casa estaban apagadas y sus ventanas cerradas.

Este hotel está ubicado justo sobre una de las calles que dan vía al Periférico, y la calma que se adueña de la calle donde se encuentra, y la discreción de su fachada lo han vuelto un refugio de parejas que buscan lo fugaz intenso, los enloquecedores placeres del cuerpo y el alma.

Es curioso cómo actúan las parejas de amantes que vienen a este Hotel. Vivo justamente enfrente , las ventanas de mi casa tienen que permanecer abiertas pues casi todo el año el calor es intolerable, y a veces mientras escribo en la computadora, o mientras miro una película o escucho música, volteo hacia la calle y observo las peculiares maneras de la gente que visita el Hotel.

La mayoría llega a pie. Parejas de hombre y mujer siempre. Los ves llegar disimulando, como quien no quiere, como si visitar ese lugar fuera algo pecaminoso, algo que esconder.

Sin duda eso ayuda a ponerle emoción a la atmósfera. En el disimulo nunca se abrazan, caminan separados, a veces uno de ellos se adelanta, casi siempre el hombre, y espera a la chica estando ya frente a la recepción, un diminuto cuartucho, adornado con un mapa amarillento del estado de Oaxaca, donde se detallan carreteras y paradores turísticos, y el sórdido letrero “No aceptamos tarjetas de crédito” en el cristal del frente.

El Hotel es vigilado casi todo el día por un hombre ya mayor, de andar muy cansado, que renquea para caminar, como si cada paso le doliera. Los otros personajes del Hotel son dos hermanas, a quienes siempre miro sacudir las sábanas desde la ventana, barrer afanosamente la banqueta e ir a hacer las compras al centro. Mujeres ya más allá de los cuarenta años, casi idénticas, iguales en el peinado de larga trenza, el mandil de trabajo a veces azul o verde, y la estatura bajita.

Son gente amable que no se mete con nadie e incluso, a veces, me saludan desde lejos. En ocasiones me pregunto cómo serán sus vidas, qué pensarán al trabajar diario, desde hace muchos años, en ese Hotel. Este lugar no es sórdido, por el contrario, pasa perfectamente desapercibido bajo el hospitalario nombre que ostenta, “Casa de huéspedes”.

Como iba diciendo, la noche que voy a relatarles avanzaba despacio, dejándole lugar a una madrugada fresca y tranquila, cortada la calma nocturna de vez en cuando por el graznido de una lechuza, muchas de las cuales se han mudado a los altos árboles de la preparatoria que está unas casas más abajo, casi llegando al Periférico.

Yo como usualmente estaba sentado frente a la computadora, escribiendo. Las ventanas de mi casa que dan al balcón estaban abiertas, y yo podía ver la fachada del Hotel con sólo voltear hacia la calle.

Sorpresivamente, noté que una de las ventanas estaba abierta. Las cortinas ondeaban con el viento fresco de la noche, y no podía verse nada de lo que ocurría en la habitación, pues todas las luces estaban apagadas. Con ganas de no mirar algo indebido, corrí las cortinas de mi ventana, dejando sólo una de éstas abierta, para que el calor no se encerrara en mi cuarto.

Yo escribía y escribía, el sonido del teclado clac clac clac era lo único que se escuchaba en la habitación. Afuera en la calle de vez en cuando un coche pasaba sin hacer demasiado ruido. A lo lejos algunos perros ladraban, perros de barrios distantes, aullidos apenas perceptibles perdidos en el mar de lucecitas de los cerros sobrepoblados que rodean a Oaxaca.

La noche serena como la superficie de un estanque, la hora del rocío nocturno, la misma en la cual las brujas bailan desnudas en las azoteas. Entonces lo escuché, primero fue desconcertante, creí que era mi desvelada imaginación jugándome bromas. Me pareció escuchar un gemido de mujer. No cualquier gemido, sino uno provocado por el más hondo placer. Por eso me perturbó. No es cualquier cosita estar ahí, sentado como siempre, aburrido a medias en las redes sociales y de repente escuchar frente a tu ventana a una mujer gemir de placer.

Pasó un rato y no volvió a escucharse nada. Resolví que me lo había imaginado. Seguí en lo mío, ya casi a punto de irme a dormir, cuando ocurrió. Esta vez era real, con toda certeza.

Un gemido profundísimo, de placer sexual, una voz de mujer gimiendo en medio de la noche, cortando el aire nocturno como una delgada navaja. Luego vino otro, y otro más, los ruidos fueron aumentando en frecuencia e intensidad, como un temblor que empieza despacio, apenas perceptible, para irse convirtiendo en un terremoto, una sacudida monstruosa que cimbra la mente y perturba el espíritu. Era el ruido del sexo, del goce devastador de una mujer.

Dicen que cuando los tigres copulan, en medio de la selva, sus rugidos se alcanzan a escuchar a dos kilómetros a la redonda, y los gemidos que provenían del Hotel se habían transformado en gritos, en palabras, en súplicas, aquella mujer estaba amando y siendo amada como si en ello se le fuera la vida, amando con todo, amor y muerte jugando a despedazarse uno al otro.

Yo me asomé a la ventana, con ganas de mirar a la feliz autora de esos gritos, a la mujer que tan libremente llenaba la noche y mi mente de pensamientos lujuriosos, pero no vi nada, la habitación estaba a oscuras y sólo las cortinas se agitaban en medio de esa tempestad, mudas testigas de ese éxtasis, de ese furor.

Mientras tanto los ruidos no amainaban, y yo me pregunté si era acaso el único en el mundo que estaba escuchando eso. Me senté en el sillón al lado de la ventana que da al balcón a imaginar, a dibujar en mi mente a esa mujer, ¿cómo sería? ¿Cómo caería sobre la almohada la tormenta de su cabello? Imaginé su piel morena, la cabellera oscurísima, el cielo encendido de su cuerpo en medio de la noche, como un mar embravecido que sólo conoce naufragios. Y esos gemidos, esas súplicas, los gritos que parecían querer derrumbar el mundo. Pero no era el único.

El vecino que vive al lado del Hotel se asomó también a la ventana, un momento después también su esposa, ambos con cara de desvelados, él en camiseta y la mujer una playera gastada con el estampado de unos ositos. Miraron en dirección a la ventana, incrédulos de semejante escándalo. Luego también se asomaron los chalanes del estacionamiento abierto las 24 horas, con sonrisitas ladinas, riendo y señalando a la ventana,.

Después en la casa de al lado a la mía se asomaron mis tíos, con chanclas y shorts que habían visto mejores épocas, primero furiosos y luego sorprendidos de esos gemidos, que a pesar del murmullo que comenzaba a darse en la calle no cesaban, sino al contrario aumentaban, crecían, se levantaban como la espuma de un maremoto.

Salieron más vecinos de las casas aledañas, despeinados, los rostros hinchados, los ojos desvelados y las imperturbables chancletas, todos mirándose asombrados, señalando las señoras, boquiabiertas, la ventana de donde provenían los gritos.

Alguien comenzó a tratar de callar los impúdicos sonidos, “shhhhh” pero todo fue en vano. La mujer que amaba dentro del Hotel parecía a punto de estallar, y así fue.

Un grito profundo, arrancado de las más luminosas oquedades del placer humano calló a todos. La calle se sacudió con ese último grito, ese devastador orgasmo pareció burlarse de cada uno de ellos, como diciéndoles, con una sonrisa lujuriosa, que ya podían irse a la cama. Todo había terminado.

El silencio se derrumbó sobre nosotros como si nos echaran una cobija encima, todo tan intenso y fugaz que la gente se miró, perpleja. Uno a uno los vecinos se fueron metiendo a sus casas.

Yo desde el balcón miré cómo la calle se iba vaciando, y mientras las cortinas de la ventana ondeaban como despidiendo la noche, pensé en las mujeres que he conocido, recordé sus rostros, me maravillé pensando en esa asombrosa capacidad de amar que tienen las mujeres, en el placer, el deseo.

Cerré la única ventana que permanecía abierta, apagué la computadora y me fui a dormir. Esa noche tuve puros sueños eróticos.

 




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