tormentas-sur

San Martín bajo el diluvio

A CARMEN ELISA

La teoría de la escritura como escritura de lecturas

y no como escritura de invenciones.

BEATRIZ SARLO/ Borges, un escritor en las orillas

Ahora el pan anda brincando por el cerro, “pan, pan horno de leña”. Abajo, en la colonia, quedó la arena que arrastró el aguacero. Los vecinos que arrebataron metros de cauce al arroyo con sus cocheras le restan velocidad de caída a las aguas. La crecida se represa en la esquina y se azolva (aquí tengo una falta ortográfica, corrijo y avanzo –el que escribe tiene la fuerza de la crecida que se azolva, aquí ya no tengo la falta ortográfica, sigo). Metros y metros de arena antes del arroyo. ¿Se imaginan? La calle tapada y el arroyo libre, sin ramas. Porque baja todo tipo de cosas con las aguas del aguacero, un día vi pasar un Vocho, sólo se le miraba el toldo abombado, era de color rojo; otro día miré pasar una res, iba junto a un gran refrigerador que navegaba con la puerta abierta, de cabeza, mientras los rayos caían en El Fortín.

Con la lluvia se cortó la corriente eléctrica, Wislawa, la perra, se asustó con los truenos y el viento que corría con el diluvio (cuando llueve fuerte pienso en los semáforos). El Relato llega con la lluvia. Afuera, en la banqueta los vecinos buscaban protección. Adentro, en la casa, el relato se paseaba por las habitaciones humedecidas, “pan, pan horno de leña”. Juntó al pregón del panadero sonó un mariachi, con la música del mariachi se disparó la alarma de un auto. Pasó la lluvia, llegó la música. En la casa el relato se escondió entre las hojas de la libreta. Ahí permaneció mientras la perra comía sus croquetas en la sala. Todo estaba mojado. Las rosas del jardín, la noche, la calle y la alegría de los pobres en la víspera del cumpleaños. ¿O el mariachi tocaba en el templo evangélico? Vino Nuevo, así se llama el templo (me impongo como tarea escribir varias planas con el nombre Vino Nuevo, ah, al menos escribir la palabra vino resulta reconfortante; haré dos planas).

Con la humedad en el ambiente se me antojó beber un vaso de leche. En la calle se escucharon silbidos de arrieros, trompetas, ¿andarán buscando a la res? Los niveles del relato son opciones, Barthes. “Pan, pan horno de leña”. El pregón del panadero desata este relato (desde la infancia quise escribir esta oración, la del pregón y el relato. Al hacerla en esta noche de aguacero cumplo un sueño, el del escritor. Escribir mientras se derrumba el aguacero es la imagen del futuro que tuve en la infancia. ¿Y por qué el pregón levanta el relato? Porque fui un niño con hambre). El relato se queda en el mundo seco y estable de la libreta. El acierto del relato es que vincula la carencia del pasado con la satisfacción del presente. El pregón anda en el cerro, bajo el agua (¿qué figura en oposición forma el relato desde el sitio protegido y el pregón en la calle oscura? El pregón es popular, el relato excluyente). La lluvia arrastra la arena y el negocio del pan. Hay venta.

En la colonia cuando llueve impera la imagen del hogar tibio y protegido, la habitación que resguarda a la familia mientras la gente espera que descienda el nivel de las aguas. El café recién hecho, tibio, acompañado con una pieza de pan. El relato nombra en un sin número de oraciones pero no participa de la imagen imperante. El relato permanece en la hoja de la libreta, nunca salió de ahí, busca a la perra para protegerla del viento que corre y aúlla, que la atemoriza. Wislawa.

El relato sabe la función que desempeña con la escritura, protege al animal desvalido. De alguna forma el relato sabe que al descargarse el aguacero en Monte Albán, el sitio de las piedras antiguas, genera en las hojas de la libreta el sitio de la certeza. Escribir, registrar un hecho extraordinario o sorprendente, relatar causa confianza entre los seres frágiles. Noche de aguacero. Monte Albán. De aquí sale una imagen: la palabra narrada resguarda aunque cuente puras desgracias (¿por qué nos inspiran las enumeraciones?).

El relato lo sabe y sale y lleva sus mejores galas a la hora en que se deja caer el aguacero sobre la ciudad, entre los postes del alumbrado público. El agua ruge como bestia enorme repleta de melena y resentimientos. “Pan horno de leña”. Aquí llega la jerarquía de instantes pero el relato lo rechaza porque lo que ocurre se integra a la laguna que se forma en la esquina. Así tenemos el arroyo, la laguna que se forma en la esquina, la calle toda enfangada, los vecinos que esperan que el agua avance hacia el río para poder llegar a casa y tomar su café con pan, los mariachis que tocan en la noche del cumpleaños junto al Monte Albo (Monte Albán), las piedras antiguas que nos miran desde los ojos de la noche y el lapicero que avanza como un velero entre las líneas azules de la hoja de la libreta llevado por un viento a favor.

Hay dos versiones sobre el origen de Monte Albán, la primera dice del monte coronado de nubes, monte albo; la segunda del hacendado que en la Colonia fue el primer poseedor de esta tierra, Montalbán. De las dos versiones no se hace una, en la actualidad este sitio es moridero de pobres, lugar de delincuentes, patio de los niños que piden limosna en el zócalo de la ciudad; rumbo de narcomenudistas, secuestradores, roba carros. Carteristas. Ladrones de domicilios.

El relato se pone lúcido, pide una tregua. “Pan horno de leña”. El relato se interrumpe y quien escribe sale a la lluvia a comprar en la tienda de la esquina un litro de leche y un paquete de galletas. Por cierto, ocuparé esta pausa del relato para maldecir al gobierno, ¿ya lo notaron?, los inútiles afirman tener la inflación controlada pero todos los precios se dispararon (final de la pausa, prosigue el relato). Esas tenemos, el relato recela, opositor siempre opositor. Se mantiene absolutamente serio entre las hojas mientras la trompeta desafina en la fiesta de cumpleaños. Pan, pan horno de leña. El relato se suspende sobre el canto del grillo porque el que escribe toma un extremo de la sábana que lo cubre para matar zancudos. El zancudo resulta el opositor del relato opositor ¿dónde he visto eso? “Comprender un relato no implica solamente seguir el desarrollo de la historia, es también reconocer los “niveles”, proyectar los encadenamientos horizontales del hilo narrativo sobre un eje implícitamente vertical; leer (escuchar) un relato no es solamente partir de una palabra a otra, es también pasar de nivel a otro” Barthes. Aquí el zancudo alza la mano, que no la alza porque no tiene brazos, pero pide la palabra como si estuviera en una asamblea comunitaria, una asamblea comunal. El zancudo pide su parcela y trabaja su sangre. Pan horno de leña (mañana cuando amanezca recordaré esto). Suma de oraciones, el relato. Niveles jerárquicos. La lluvia se mete por la ventana y deja los huevecillos de zancudo. La habitación se convierte de pronto en un infierno repleto de Diablos armados con tridente que hieren mi carne. El relato me ofrece a los zancudos. De pronto descubro que soy ofrenda, víctima propiciatoria.

El relato recula (recuerdo la res que arrastró el arroyo, su imagen no sale de mi cabeza, con los cuernos envestía al aguacero). De los tres niveles del relato que nombra Barthes destaca el nivel de los actantes (pila, pila, no te distraigas, hablo del zancudo). La función actante del relato la tiene Monte Albán, el monte antiguo que contempla las aguas del Río Atoyac desde hace más de cinco mil años (pila, ponte pila). El relato es una bestia milenaria que abandona la hoja de la libreta y marcha al cerro, “pan, pan horno de leña”, Don Relato cuenta con vida propia. Allá en la cima de Monte Albán se junta el pregón.




No hay comentarios

Añadir más