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San Martín por la Secundaria

En la roca que pisaba, hoyos redondos

donde los antiguos habían molido

sus alimentos.

CORMARC MC CARTHY / No es país para viejos

“Maguey Sagrado”, igual puedo hacer la vida como el ebrio, con tan sólo respirar, se dijo el hombre cuando cruzó los brazos sobre el pecho.

Recién había regresado a San Martín Mexicapam de Los Ángeles, del gabacho. Las calles de la colonia Presidente Juárez ardían de calores, cercana ya la fiesta del 3 de Mayo, la Santa Cruz.

Por esas fechas aparecieron en el arroyo los cuerpos desnudos de dos jovencitas, rasgos indígenas, baja estatura, cabello lacio. La colonia volvió a ser sitio de las noticias. Por la tarde de ese día, no lo recordaba bien, ¿fue jueves o viernes? repitieron el nombre de la colonia en los noticieros de la radio. Como si nosotros fuéramos asesinos, repitió el hombre parado en la esquina de Plan de Ayutla y Plan de Iguala.

Puedo alzar los ojos al cielo, bajar los ojos al piso. Mirar sin desconfianza a los que descienden del urbano; saludar a los hombres, evitar la mirada de las mujeres. Había regresado con los brazos tatuados. Dejo que me miren, sin recelo. Soy un hombre parado en la esquina que espera a sus amigos para echarse un trago de mezcal.

En la colonia arrojan los cuerpos de las mujeres del servicio doméstico que laboran en las colonias del centro. El arroyo que baja de Monte Albán resulta propicio para esconder los crímenes. ¿Quién buscará al culpable entre tanto necesitado? Aquí todos nos conocemos. Me pueden ver hablar con el perro, los perros son buena compañía.

Acercarme al aparato del teléfono público, pasar los dedos por los números; alejarme. Llegar a la esquina, regresar. Ya vendrán los amigos. Dar la espalda a la calle y empinar la botella con el madracito de mezcal, pensó el hombre. El marro. El pegue. Sentirlo en la sangre, bravo, caliente. Un marrito de a diez. Sin que nadie me vea. Un traguito de cinco. Mientras llegan los amigos. A la vista de todos. Aquí no se juzga, aquí nos conocemos. Puedo descender al blanco espacio del alcohol donde nadie critica nada. Dormir en la banqueta. El sitio donde todos te dejan en paz. O sentarme en el piso y mantener la discusión conmigo mismo, quedo, bajito. Sin escándalo, como lo hacía el abuelo.

Las muertas aparecieron en la madrugada, cuando los hombres ebrios hicieron la primera salida del día, antes de las cinco de la mañana. Vieron los cuerpos en el arroyo, entre las ramas.

___ Aguanten la risa mientras llegan los payasos –dijo Margarito y empujó el primer trago del día.

La mujer sale de una casa con portón rojo. Lleva pantalones ajustados, zapatos rojos de tacón alto, el cabello largo, lacio, humedecido. Junto a ella suena la campana del camión del servicio de limpia que arrastra los pasos de las mujeres con tubos en los cabellos, pantuflas. Grafiti.

Los pájaros al amanecer brincan como ratas hambrientas sobre el patio de la casa. El agua cayendo sobre los cuerpos amados, dispuestos al día, como el principio de toda la realidad. La jornada inicia con el viaje de las mujeres. Migración. Las jóvenes se alistan para iniciar la jornada de trabajo en domicilios particulares, establecimientos, universidades; burdeles. Son las dependientas en comercios de toda índole.

Mija, chaparrita, ponte esto. Puestos fijos, semifijos. Chiquita, atiende al cliente. Recibe insultos sobre su figura en perfecto español. Gata. Gastan su dinero en utensilios que se colocan en el rabillo del ojo, en la punta de las pestañas; en perforaciones de nariz, labios, orejas. Andan por las calles de la ciudad con los ojos puestos en el futuro como si cargaran una diadema que alumbrara su camino. Chompuda. Les quita la cabeza un tema viejo: el sustento de su cuerpo. Como la bisabuela en el pueblo. Comida, frita, pipirrín. La chinnga. Algún alcohol. ¿Qué vamos a comer mañana? Algún tabaco. ¿Qué vamos a comer? Éramos tantos y recibieron al soldado austriaco en los tiempos de la bisabuela. La chinga, hay que chingarle. Una diversión que habla y camina y pide de comer tres veces al día, el hijo. Criada.

Esto transcurre entre las jóvenes mujeres de la colonia hasta que revienten los tubos en la cabeza en el amanecer que las encuentra con gritos y pantuflas tras el camión de la basura. Sombrero 13/migraciones, se lee la pinta en el muro. El viento ligero de hoy, el viento de siempre es una bestia ciega que muerde los cuerpos.

No existe diferencia alguna entre artistas y criminales, dijo un día Pablo Neruda en el prólogo de su novela El habitante y su esperanza, escrito en 1926. El poeta, muy joven, venía de una cruenta batalla que marcó a la humanidad entera, Veinte poemas de amor y una canción desesperada.

Otro grande de las letras hispanoamericanas, Julio Cortázar, había sentenciado ya en un artículo publicado en una revista argentina de mediados del siglo XX que El habitante y su esperanza, de  Neruda, sería el libro precursor de la nueva narrativa del continente. Neruda, en aquel prólogo de 1926, había dejado en claro que no le interesaba narrar.

Se escucha el claxon de un auto en la calle, lejano al balcón donde tomo el sol de la mañana. Se escuchan las voces de hombres en las casas vecinas. Por prescripción médica tomo sol  como si bebiera sopa a cucharadas. Como quien toma caldillo de frijoles. Males, el sol sobre mi espalda avanza hacia el mediodía y deja salud sobre lo que toca. Escucho el zureo de una paloma con claridad como si percibiera el deslizarse del hilo sobre el ojo de la aguja de una mujer que ríe a carcajadas y dobla su espalda en el bastidor donde borda el huipil de mi madre.

Las madres con niño en brazos gustan mirar descaradamente a los borrachos que yacen tirados en la banqueta. Tres de mayo, fiesta de la Santa Cruz. En la calle sucia de polvo y perros las adolescentes pasan sin mirar a nadie, pegadas a su teléfono celular. Ay, Laurita, Laurita se va caer. Faldas y miradas al aire. Cangrejito playero. Globos de mil colores. Los borrachos bailan en la calle con el permiso del mundo. Tres de mayo, día de la Santa Cruz. Cuchito encebado, cuchito bravo.

Los ebrios vienen y van con sobrero de otro tiempo y lentes negros. California Dancing Club. Dirty Dancing. Acapulco tropical a ras del suelo. Viento fresco que sale a la calle a mirar a las niñas que bailan mientras el hombre de la esquina se hace el extraviado agitando en las manos su sombrero. Papel picado amarrado a la celosía desde donde se mira a la mujer desnuda en el baño. Suena la banda de seguridad pública. Policías que este día cambian macanas y escudos, cascos y toletes, rifles y pistolas por tubas y trompetas, tambores que resuenan. Los policías conviven con los borrachos de la colonia. Santa paz. Fiestas del tres de mayo. San Martín por la Secundaria. Día de la Santa Cruz. Fiesta de cuches, niños y mujeres; policías y albañiles. Chalanas y chalanes. Hora de cerrar la calle y esperar que el milagro de la alegría descienda sobre nuestra gente. (Papel picado/ música de otro tiempo/ danzón y polvo.)

Una noche antes de la fiesta del 3 de mayo  se estacionó un Mustang con vidrios polarizados. Plan de Ayutla, Plan de Ayala. Dentro del auto traían fiesta grande, pero nada se supo. Sólo se escuchaba la risa de hombres y mujeres, corridos de los narcos a todo volumen. Se movieron ya pasada la media noche, cuando el viento frío bajaba de Monte Albán junto con la Matlacihua. En la banqueta sólo quedaron los botes de aluminio, que desaparecieron al comenzar la mañana. Nadie supo nada, ni de la fiesta ni de los autos con vidrios oscuros.

El hombre en la esquina. Sólo jalo el trago y camino mientras espero que el líquido haga su trabajo en mis entrañas. Ni menos de tres ni más de cinco. Que se cumpla la profecía. Con un trago el mundo se aclara. Cómo saboreaba este mezcalito en Los Ángeles. Camino y respiro como si ya supiera el desenlace, esta tensión que me agarra por la espalda, me aprieta el espinazo. Yo no las maté, sólo hice mi trabajo. Las calles de la colonia inician el ajetreo de cada día, los niños y adolescentes caminan a la escuela, los jóvenes al trabajo. Las mujeres salen a esperar el urbano, listas ya, arregladas, para acudir a la casa del patrón, a la tienda. Las mujeres del servicio doméstico empleadas en la ciudad habitan en la colonia, las dependientas y encargadas de los negocios.

Las cocineras y sus ayudantes. Las que hacen tortillas de mano. Cada año salen en diciembre los camiones repletos de mujeres que se van a trabajar a la Ciudad de México, Puebla, Guadalajara, Monterrey. Los Estados Unidos. Las que toman el empleo en esta ciudad se quedan para cuidar al padre enfermo, a la abuela, el tío mayor.

Caminar con el pensamiento fijo como quien regresa a casa al terminar la jornada, agotado. Con un trago alcanza, con mil no basta. “Maguey Sagrado”, el anuncio luminoso se levantaba junto a la tortillería. Abajo, con letras pequeñas, se podía leer, “Servicio las 24 horas”. El hombre de la esquina se acomodó en la cintura el bulto que cargaba bajo la camisa.




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