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Trump no es conservador; trae contrarrevolución tradicionalista

Como el presupuesto es política pura, el destino del gasto público del gobierno de Donald Trump ha definido ya con claridad los objetivos de su gobierno de cuatro-ocho años: no revivir un movimiento conservador-neoconservador, sino encabezar una verdadera contrarrevolución tradicionalista que ha preocupado inclusive a la derecha institucional.

Hasta ahora Trump ha fijado dos parámetros de referencia: los valores de los puritanos que fundaron los EE.UU. en la primera mitad del siglo XVII y que llegaron en el Mayflower con los valores de la breve republica inglesa de la Revolución Gloriosa que guillotinó al rey Charles I y el objetivo de destruir la revolución liberal de 1963 del gobierno de Lyndon Johnson.

Del puritanismo y la Revolución Gloriosa trajeron la oposición al Estado monárquico y la revaloración del ciudadano independiente del Estado y del orden liberal, repudian la conquista de derechos individuales que destruyeron valores conservadores. Trump ganó la titularidad del Estado para liquidar al Estado intervencionista en el individualismo, aunque en la figura de lo que llama el Estado profundo o Estado administrativo o Estado Beltway que define los linderos físicos de la zona que abarca las oficinas administrativas del poder federal en Washington y que se ha erigido en un poder autónomo.

Si no se entiende esta configuración del Estado estadunidense, poco o nada se dilucidará de la misión que se ha dado a sí mismo Trump. Su lucha es contra el Estado administrativo que la burocracia del poder ha consolidado como fuerza autónoma de los controles institucionales y que ya no sirve a la sociedad sino a sí mismo. Se trata de un sistema político autopoiético o con vida propia que se produce y regenera a sí mismo al margen de las leyes, reglas y controles. Es el poder que está acotando a Trump vía el establishment periodístico liberal, porque el poder burocrático ha olvidado que debe ser reflejo de la sociedad y servir a la sociedad.

El Estado liberal de 1963 que quiere destruir Trump es el de la revolución liberal de Johnson: derechos a minorías sexuales, aborto, limitaciones a religión en escuelas, píldora anticonceptiva, acción afirmativa para beneficiar a minorías al margen de capacidad de competencia y las quince leyes de Johnson que cimentaron el Estado liberal a costa del Estado nacional: derecho al voto, apoyo a educación pública, presupuesto nacional para las artes, dinero para lucha contra la contaminación ambiental y los programas Medicare para tercera edad y Medicaid para pobres, revalidados muchos de estos programas por Obama.

A favor de Trump opera el hecho de que el progresismo liberal estadunidense se agotó en el tema de los derechos y el control de la burocracia y se olvidó de los liberales tradicionales –obreros, intelectuales, izquierda, ciudadanos– que si tienen incidencia en la lucha por el poder. Por eso es que Trump ha logrado bastante sólo con el control del Estado burocrático. Y ahí se localiza la guerra mediática contra Trump.

Lo que queda a los demócratas es una alianza en proceso de construcción paradójicamente entre el conservadurismo-neoconservadurismo de valores nacionales (no tradicionales) y el liberalismo del Estado profundo/Estado administrativo. Sin embargo, la fuerza de Trump que no ha sido detectada por los liberales se encuentra en los sectores tradicionalistas de los estadunidenses de condado que han visto como el representante de los valores que fundaron el imperio.

Este es el verdadero campo de batalla en los EE.UU.

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Política para dummies: La política es el arte de interpretar los gestos, aunque no se entiendan las palabras.

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