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Vamos a apagar la luz / CAPÍTULO VIII

La carta

Le escribió dos cartas, en la primera habló el coraje, el orgullo hecho pedazos. En ella plasmó todos los errores, el resentimiento, las cosas que a veces prefirió callar para no perderlo, los momentos que la dejaron temblando, las palabras que la hicieron llorar, los “no puedo” que se convirtieron en rencor, los “entiende” que nunca entendió, los reproches que nunca gritó.

Y en la segunda carta habló el sentimiento, el corazón. En ésa dijo la verdad.

Me hace daño no tenerte, me lastima saberte lejos, me entristece no poder llamarte, me duele no encontrarte en medio de mi día y mis desaciertos.

Si dejase que el corazón hablara, tendría que decirte que te quiero, que no he dejado de quererte, que, como lo prometí, aun en los días más grises te sigo queriendo.

Si dejase todo de lado seguramente saldrías ganando y me arrojaría de nuevo a la aventura que es estar cerca de ti y volvería a soñar con todo lo que habíamos planeado, con los viajes cortos y los viajes largos; con las estrellas que no hemos visto, con los paisajes que no hemos capturado, con los sueños que no hemos encontrado.

Si dejase mi orgullo de lado te diría que no importa, que nada importa, que no importa el dolor, ni el llanto, ni el orgullo, ni las heridas, ni las ilusiones hechas pedazos. Te diría que el amor todo lo puede, todo lo soporta, que no guarda rencor, que no conoce la venganza, que no se engrandece en la injusticia, que el amor todo lo perdona. Y que te amo, que aunque esté en el armario, mi corazón sigue palpitando.

Si dejase mi dolor de lado te diría que no he dejado de amarte, que estoy convencida de que te amo, que puedo soportarlo todo, que puedo luchar contra todo, que todo sería más fácil si te tuviese a mi lado.

Pero, para mí, eres un extraño, no sé qué decirte, o qué preguntarte, o cómo hablarte sin que se me note el amor que aún tengo en mí guardado. Por eso me hago a un lado, por eso la distancia. Porque es la única forma que conozco de que ya no puedas hacerme daño, de que ya no puedas volver a tomarme entre tus manos y hacerme pedazos.

Te extraño, claro que te extraño, claro que te quiero, a pesar de todo, contra todo, en los días más grises, todavía te amo.

No esperaba que él respondiera, pero la esperanza, la maldita esperanza la mantuvo una semana aferrada al teléfono, revisando diariamente el correo. Pero por él respondió el silencio y ante la indiferencia no hay esperanza que se mantenga, ni corazón que no entienda.

Nada, lo que habita entre ellos es nada, por eso no hay respuestas, por eso él sigue con su vida, sin pensar en ella, sin recordarla, sin intentar descifrar que entre todas las líneas de reproches, era su esperanza la que hablaba. Él prefirió ignorar la segunda carta, ignorar el corazón punzante que estaba contenido entre las líneas que escribió una mujer que todos los días sonríe aunque el dolor le siga desgarrando el alma.

 




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