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Un silencio solo nuestro

Llevaba semanas soñando lo mismo. Corría por unas milpas enredadas y extensas mientras el aire me tocaba en la cara… después de un rato llegaba a un punto en que me encontraba yendo hacia un barranco. No podía detenerme y justo antes de caer al precipicio… me despertaba con sudor en la frente. El sueño solía terminar alrededor de las tres de la mañana y después de eso no podía volver a dormir.

Me quedaba acostado mirando hacia la ventana y escuchando a las cigarras que cantaban desde las copas de los árboles. Después me levantaba, me ponía unos pants y salía a correr al Conzatti. Después de un par de vueltas, me sentaba en una banca del parque. No llevaba reloj, pero sabía que en cuanto llegara el primer barrendero, iba a amanecer en cualquier momento. Así que en cuanto lo veía, me levantaba de la banca y regresaba al apartamento. Me bañaba, me vestía e iba al trabajo. Esa era mi rutina de todas las mañanas.

Era el año dos mil quince y acababa de terminar los trámites de mi divorcio. La casa donde vivíamos juntos era una herencia familiar de ella. Así que me fui cuando se acabó el matrimonio. Decidí rentar un pequeño apartamento a media cuadra del Conzatti en lo que descubría que hacer con mi vida.

Fue en una de esas madrugadas en el parque cuando conocí a Baltazar San Juan. Era un señor de unos sesenta años. Tenía una barba gris y siempre vestía con una camisa azul holgada y pantalones cafés. Al parecer, también sufría de insomnio, porque de vez en cuando iba y se sentaba a darles migajas de pan a las palomas. Ya nos habíamos visto un par de veces, pero nunca hablamos hasta un día en que iba pasando frente a la banca donde yo estaba sentado. Sacó una pipa del bolsillo de su pantalón y como vio que yo estaba fumando, me preguntó si podía prestarle mi encendedor. Le dije que sí y se sentó en la misma banca que yo. Sacó una bolsa con tabaco de vainilla, tomó un poco y lo introdujo en el hornillo de su pipa. Acercó el encendedor e inhaló la boquilla hasta que el tabaco se encendió. Estuvimos fumando en silencio un buen rato hasta que finalmente empezó a hacerme conversación.

Era un hombre muy culto. Había dado clases de Historia en la Universidad durante muchos años, hasta que lo jubilaron a la fuerza… por cuestiones políticas según me comentó. Siempre decía que había escrito el mejor libro de Historia de Oaxaca. Sabía mucho del tema. Podía pasarse horas hablando de eso. Más que conversaciones, supongo que nuestra convivencia consistía en monólogos de parte de él… y eso a mí me parecía muy bien.

Continuamos viéndonos casi todas las madrugadas en la misma banca. Yo me encargaba de llevar un tablero de ajedrez… y jugábamos algunas partidas mientras él fumaba su pipa y hablaba acerca de diferentes episodios históricos de Oaxaca. En cuanto veíamos al primer barrendero llegar al parque, levantábamos el tablero y cada quien se regresaba a su casa. Él vivía en uno de esos apartamentos que están junto al hospital… frente al Conzatti.

Un lunes de marzo salí en la madrugada y no vi a Baltazar. Decidí no darle importancia al asunto y retomé la rutina que tenía antes de conocerlo. Di un par de vueltas al parque y después me senté en la banca. No apareció ni una sola vez en toda esa semana.

El sábado en la tarde fui a su apartamento para asegurarme de que estuviera bien. Toqué el timbre y escuché su voz al otro lado del interfón.

– ¿Quién es? – preguntó.

– Alan Dimas.

– Pasa – se escuchó un chirrido y abrí la reja.

Subí las escaleras y cuando llegué a su puerta ya estaba parado en la entrada. Su barba estaba más crecida que de costumbre y llevaba un sombrero panamá como el que utilizó Anthony Hopkins en la última escena de “El Silencio de los Inocentes”.

Entré a su apartamento. Estaba lleno de fotografías antiguas de la ciudad de Oaxaca y réplicas de cuadros de Edward Hopper colgados en las paredes. También había alebrijes y esculturas prehispánicas por todo el lugar. Me senté en uno de los sillones de piel de su sala y él se dirigió hacia la cocina.

– ¿Quieres un whisky? – me preguntó.

– Supongo que sí.

Regresó con dos vasos y me dio uno. Estaba servido con agua mineral y hielos. Le di un trago y me supo bastante bien.

En cuanto Baltazar se sentó en el otro sillón le dije la razón por la que fui a verlo a su casa, y me respondió que no había podido ir al parque esa semana porque estaba ocupado analizando un documento que recientemente le había comprado a un coleccionista de antigüedades.

Era un manuscrito que fue originalmente escrito en zapoteco antiguo… y según la opinión de Baltazar, fue redactado aproximadamente en 1530 por un indígena zapoteco llamado Shuba… quien lo había escrito con tinta de grana cochinilla sobre piel deshidratada de chivo.

Según la versión del coleccionista que se lo había vendido a Baltazar, era un documento inédito, porque en lugar de ser quemado por los conquistadores españoles… llegó misteriosamente a las manos de un fraile que se encargó de traducirlo al castellano, trasladar algunos términos (como fechas y lugares) a las denominaciones españolas y conservarlo. Aparentemente la traducción hecha por el fraile había sido encontrada hacía poco tiempo, perdida en un cajón de alguna biblioteca antigua de la Ciudad de México.

Me interesó leer el documento, así que le pedí a Baltazar que me dejara hacerlo. Fue a su habitación y regresó con unas hojas de papel mecanografiadas. Me dijo que el documento original estaba redactado en español antiguo… y que se había pasado toda la semana traduciéndolo al español moderno. Tomé las hojas y me senté en un escritorio que estaba junto a uno de los sillones. Encendí una lámpara de mesa y me puse a leer las hojas mientras bebía algunos tragos de whisky.

Baltazar salió a la terraza de su apartamento y se sentó en una silla de palma. Fumaba su pipa y contemplaba el sol rojizo que se escondía en el horizonte, a través de los laureles del Jardín Conzatti.

No recuerdo con exactitud las palabras escritas en esas hojas mecanografiadas, sin embargo, intentaré transcribir su contenido de la manera más fidedigna que me sea posible:

“Mi nombre es Shuba. En el año de 1525 yo vivía en un señorío a las afueras de Antequera. Para ese entonces tenía 30 años. El encomendero de nuestras tierras era don Hernán Cortés. Cada 90 días… entre todos… debíamos entregarle la cosecha de dos terrenos de maíz y uno de trigo. También nos exigía una bolsa llena de oro… y como ya no nos quedaba mucho, debíamos ir a las tumbas de nuestros antepasados y sacarlo de ahí. Era una tarea triste y muy deshonrosa, pero las consecuencias de no enviar ese tributo era aún peores.

Antes de la llegada de los conquistadores, yo era un xuaana’ en mi señorío. Mi función consistía en ser uno de los jefes del ejército de nuestro goqui, que servía a las órdenes del señor Cosijoeza.

En ese entonces nos encontrábamos en plena guerra contra los mixtecos por el control de Huaxyacac. Fue en esa época cuando aparecieron los conquistadores. Yo estuve ahí la primera vez que los vimos. Era un día de diciembre de 1521. Descansábamos a la sombra de un huaje en las riberas del Río Atoyac cuando vimos venir el regimiento desde lejos… y entonces mi señor envió a uno de nosotros para que se entrevistara con ellos y averiguara que era lo que querían. Un muchacho que se llamaba Niza aceptó la encomienda y salió corriendo hacia dónde venían.

Regresó un rato después muy asustado… casi no podía hablar. Nos dijo que eran gente diferente. Tenían la piel blanca, llevaban pelo en la cara, ropa muy extraña y venían sobre animales distintos a cualquier otro que se hubiera visto en nuestras tierras. También mencionó que hablaban un idioma extraño. Al principio no le creímos lo que decía, pero cuando el sol se escondía en las montañas, llegaron a donde estábamos. Nos pusimos en guardia y les mostramos nuestras lanzas para que se asustaran y se fueran. Nuestro señor les arrojó una flecha que pasó muy cerca de la cara de uno ellos, entonces ese mismo hombre se bajó del animal sobre el que venía, sacó una cosa extraña y la apuntó. Se escuchó un trueno y cuando volteamos a ver, la sangre de nuestro señor le salía del pecho. Murió al instante. Nos asustamos mucho y tuvimos que rendirnos.

Lo primero que pensamos fue que estos seres extraños eran dioses. Dedujimos que el líder del regimiento, ese al que llamaban Francisco de Orozco… era el mismísimo Xipe Totec… y aquel que acababa de asesinar a nuestro señor, no era otro que Pitao Cocijo… el señor del trueno. En ese momento nos arrodillamos ante ellos y les ofrecimos nuestra lealtad. Esa misma noche enterraron a nuestro señor y llevaron a cabo una de sus ceremonias religiosas en ese lugar. Al otro día yo mismo los conduje hacia la casa de Cosijoeza.

A él también lo convencieron de que eran dioses, así que aceptó llevar a cabo todos los rituales que le impusieron. Igual convencieron a los mixtecos y nos ordenaron a ambos bandos que termináramos la guerra. Un tiempo después nos regresaron a nuestros respectivos señoríos.

Cuando regresamos al nuestro, algunos de los conquistadores regresaron junto con nosotros. Tomaron el control y nos obligaron a todos los soldados a convertirnos en campesinos. A los sacerdotes los quemaron vivos afuera del templo. No hicimos nada para evitarlo, porque en ese entonces aun pensábamos que los conquistadores eran los verdaderos dioses, o al menos eran enviados por ellos.

Así fue más o menos como terminamos en esta situación. Eventualmente se le asignó este señorío al señor Hernán Cortés… y por eso debíamos enviarle todos esos tributos de los que ya hablé.

Empecé mi narración en 1525 porque ese fue el último año en que viví allá. En ese entonces, yo tenía a mi familia. Mi esposa, dos hijos y una hija. Mis hijos y yo nos dedicábamos a sembrar maíz… algo de lo que cosechábamos lo vendíamos, otro poco lo guardábamos y el resto lo utilizábamos para el tributo que nos exigía el encomendero. Mi esposa y mi hija vendían sábanas y mantas que tejían con el algodón que nos vendían los mixtecos. No teníamos mucho, pero con lo que hacíamos nos alcanzaba para sobrevivir.

Fue en ese mismo año cuando tuve que ir a Antequera para ayudar a construir una casa de un señor que era amigo de don Hernán Cortés. Estuve allá más o menos dos meses. Después de eso me dieron una mula y me dejaron irme a mi casa.

El camino de regreso estaba abandonado. Nadie pasaba y eso me pareció muy extraño. Un día antes de llegar, mientras acampaba a la orilla del rio, vi que se aproximaba alguien. Cuando estuvo suficientemente cerca, me di cuenta de que era Yao… uno de mis vecinos en el señorío. Se sentó y me preguntó si podía compartirle algo para cenar. Saqué unas tortillas de mi morral y se las ofrecí. Las comió y después se sentó cerca de la fogata. Se me quedó viendo un rato y luego empezó a llorar.

» ¿Qué te pasa? – le pregunté.

» Los dioses nos terminaron de abandonar.

» ¿Por qué dices eso?

» Anda pasando algo bien feo allá en el señorío. Le salen manchas rojas a la gente… empiezan a alucinar… y unos días después, fallecen así nomás. Ya se me murieron mis hijos y mi mujer. Mañana me voy a matar yo para estar con ellos.

No le quise preguntar acerca de mi familia porque tuve miedo de lo que fuera a responder. Mejor me quedé callado y no dije nada. Al día siguiente cuando desperté… ya se había ido. Tomé en cuenta su consejo y cuando llegué al señorío, en lugar de entrar por el camino principal… subí al cerro, dejé la mula amarrada a un huaje y bajé por una ladera.

Anduve un buen rato por los campos de cultivo. El sol estaba fuerte y quemaba bastante. Caminé hasta mi casa y cuando llegué lo único que encontré fue un montón de cenizas. Me dirigí con sigilo hacia la casa grande del patrón y vi un montón de cadáveres en la entrada. Los conquistadores se amarraban un pedazo de tela en la boca y los arrastraban hasta allá. Esperé a que los soldados se fueran a descansar y me acerque a donde estaban los cuerpos amontonados… a casi todos se les veían manchas rojas.

En una de las pilas de cadáveres pude reconocer a mi mujer, mis hijos y mi hija. Me puse a llorar un buen rato, pero cuando el sol empezó a esconderse en la montaña… decidí que era hora de irme.

Fui hasta un escondite en las milpas donde escondía mi oro. Era un pequeño hoyo en la tierra tapado por unas vigas de madera. Saqué todo lo que quedaba y me fui para las montañas.

Esa noche acampé nomás arribita del pueblo. Desde donde estaba podía ver el fuego que salía de hoguera en la que estaban quemando todos los cadáveres. Mientras miraba esa llamarada horrible que ardía a lo lejos, entendí que los dioses nos habían abandonado… y que esos conquistadores no fueron enviados para salvarnos… sino para destruirnos. Era el fin del mundo… y ahí estaba yo contemplándolo.

Al otro día agarré a mi mula y me dirigí hacia el sur. Anduve varios meses por las montañas. Mucha gente que conocí me dijo que el señorío de Tututepec era un buen sitio para establecerse. Seguí su consejo y a mediados del año de 1526 llegué a Cuahtolco… lugar que los conquistadores llamaban Huatulco. Yo había escuchado muchas historias acerca del mar, pero nunca imaginé que fuera tan extenso y tan azul.

Esperaba encontrar una ciudad, pero cuando llegué los caminos estaban abandonados y casi todas las casas estaban en ruinas. Me encontré a un anciano sentado en un zaguán… me comentó que hacía poco habían tenido el mismo problema que tuvimos en mi señorío y que por lo mismo, casi todos se habían ido o se habían muerto.

Yo no tenía ninguna razón para vivir, así que me quedé. Elegí un lugar cerca de la playa y ahí mismo construí mi casa. Fui con el anciano que había conocido y le compré algunos de sus chivos con las últimas piezas de oro que me quedaban.

Así fue como acabe aquí… en este lugar no hay conquistadores… todos se fueron por la enfermedad. Vivo solo… me dedico a cuidar a mis chivos y cambiar su carne por otros productos a un comerciante que a veces pasa. Algunas veces voy a la playa y me quedo viendo como el sol se esconde en el horizonte y las olas del mar vienen y van sin detenerse.

Estoy convencido de que los dioses nos han abandonado y sé que en cualquier momento se va a acabar el mundo… pero supongo que una parte de mí aun piensa que tal vez eso no suceda. Sin embargo, lo que sí es seguro es que pronto yo voy a morir y cuando eso pase ya no quedará nada de mi estirpe en este mundo… por eso escribo esta historia… porque quiero que se sepa que en algún momento existí… quiero que algún día alguien se entere de las cosas que sucedieron en este tiempo en nuestra tierra. Eso es lo único que me motiva a escribir esta triste historia”.

Bebí de un trago lo que quedaba del whisky… dejé las hojas mecanografiadas y mi vaso sobre el escritorio, fui hacia la terraza donde estaba Baltazar y me despedí de él. Cuando salí de su apartamento las nubes ya cubrían el cielo oscuro y empezaba a lloviznar.

Mientras caminaba de regreso hacia mi departamento, me puse a pensar que… dadas las circunstancias… irme de Oaxaca era probablemente la mejor decisión que podía tomar en ese momento.

 

 

 

 

 




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