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Los enemigos

Ernesto Betancourt maneja su Porsche 911 convertible por las calles de San Felipe del Agua. Son las once de la mañana. Las hojas caídas de los arboles vuelan con la brisa.

Estaciona el coche frente a la oficina de su padre. Abotona su abrigo de Armani y guarda sus Ray-Ban en la guantera.

Hay un par de camionetas en la entrada. Dos guardaespaldas de su padre están sentados en el interior de una de ellas y un tercero que se llama Humberto fuma frente a la puerta de la oficina.

– Beto, dame un cigarro… no seas cabrón. – Le dice Ernesto al que está parado en la puerta.

Humberto saca uno de su cajetilla de Delicados y se lo ofrece.

– ¿Quieres fuego? – le pregunta.

– No te preocupes – Ernesto saca un Zippo de oro de su bolsillo y lo enciende. Le da una fumada y empieza a toser.

– ¿Qué es esta mierda? – mira la punta del filtro para leer la marca. – ¿Delicados? ¿Esto es lo qué fumas?

– Es para lo que alcanza.

– No seas tacaño. Con veinte pesos más te puedes comprar unos Marlboro.

Humberto dirige sus lentes oscuros hacia el cielo. Ignora el comentario.

– ¿Me escuchaste?

Humberto lo mira.

– Si; te escuché.

– ¿Y?

– ¿Y qué?

– Nada… olvídalo. ¿Está mi papá?

– Pues si estamos aquí…

– No tienes por qué ser sarcástico.

Humberto se apoya en la pared. Deja pasar unos segundos. Después vuelve a mirar a Ernesto.

– ¿Sigues aquí?

– ¿Perdón?

– No lo pregunto para ofenderte… es sólo que no entiendo lo que quieres de mí.

– ¿Qué voy a querer yo de ti?

– Es lo que acabo de preguntar.

– ¿Sabes qué? A la mierda contigo.

Ernesto sube a la oficina de su padre. Lo encuentra sentado en la silla de su escritorio hablando por teléfono.

Cuando lo ve parado en la puerta, le indica que tome asiento. Ernesto lo hace. Un minuto después termina la llamada.

– Te dije que vinieras a las diez y ya son las once.

– Diez… once… estoy aquí. ¿Cuál es el asunto?

– ¿Qué cuál es el asunto? ¿De verdad me estás preguntando eso?

– No… esto es un sueño.

– No seas insolente.

– Por cierto… Humberto es un imbécil. Deberías despedirlo.

– ¿Qué?

– Nada…

Don Ernesto Betancourt se frota las sienes y deja pasar unos segundos antes de empezar a hablar.

– Ya no sé qué decirte. De verdad no tengo idea si lo que haces… lo haces a propósito para joderme la vida… o de verdad eres un imbécil. Francamente ya no sé.

– Tal vez es una mezcla de ambas…

– Ya te dije que no seas insolente. Es la segunda vez que lo digo… y tú sabes que nunca repito lo mismo tres veces.

– ¿Me vas a seguir amenazando o vas a decirme para qué querías que viniera?

– No te estoy amenazando… te estoy avisando.

Don Ernesto se levanta y abotona su saco. Camina hacia una mesa que está junto a la ventana de la oficina, toma su jarra de whisky y se sirve en un vaso riedel. Coge las pinzas y saca un par de cubos de hielo de la cubitera, los coloca en la bebida y se vuelve a sentar en la silla de piel de su escritorio. Agita el whisky y después le da un sorbo mientras dirige la mirada hacia su hijo.

– Simplemente no lo entiendo. Sabes que estoy buscando la candidatura para el Senado de la República y se te ocurre meterte cocaína en el baño de la preparatoria. Tienes suerte de que sólo te hayan expulsado. Pudiste ir a la cárcel… tal vez eso hubiese sido lo mejor. Créeme que si no estuviera en el ojo del huracán, no hubiera movido un jodido dedo por ti. Me estás perjudicando más de lo que me ayudas… mi paciencia tiene límites.

– ¿Expulsado? Pero tú dijiste que lo ibas a solucionar… dijiste que sólo me suspenderían unos días.

– “Dijiste que sólo me suspenderían unos días”… – repite don Ernesto con voz intencionalmente afeminada. – Eso es lo que pasa, ¿no? esa es la maldita situación contigo… estás acostumbrado a que papi solucione todos los problemas… todos los jodidos problemas.

– Tú también consumes cocaína. Te encanta decir que la prohibición de las drogas es una idiotez…

– Pero no la consumo en el maldito baño de la maldita escuela. ¿Qué pensaste que sucedería? En serio, dime… me interesa saber… ¿qué carajo pensaste qué sucedería?

– Nada… pensé que no sucedería nada. No es como si hubiera estado planeando que el prefecto me descubriera.

– No tiene sentido… no tiene sentido – don Ernesto le da otro trago a su whisky y se vuelve a frotar las sienes.

Da un golpe en la mesa.

– En fin, vamos yendo directo al grano, porque no tengo mucho tiempo. Te largas de Oaxaca. Estuve platicando con tu tía y se nos ocurrió que es una buena idea mandarte a una academia militar en los Estados Unidos… ¡Felicidades chico listo… – dice con tono sarcástico. –… te has ganado un jodido boleto de avión!

– ¿De qué estás hablando? Me prometiste que sería tu mano derecha en la campaña.

– Lo prometí antes de que hicieras esa estupidez. ¿Qué pensaría tu madre… que en paz descanse… si viera la clase de mierdita en qué te has convertido?

– Seguramente le molestaría más ver cómo te coges a todas las pirujas de la ciudad.

– ¿Qué chingados acabas de decir?

Ernesto no contesta. Su padre deja el vaso en la mesa y rodea el escritorio. Se quita el saco y lo pone sobre una silla. Se arremanga la camisa y se para frente a su hijo. Se inclina y lo mira directamente a los ojos.

– Te hice una pregunta…

– Algún día voy a darte la golpiza que te mereces.

– ¿Conque eso es lo que quieres… muchacho matón? ¿Quieres darle su merecido a tu padre? Adelante… te regalo el primer golpe… aprovéchalo…– pone la mejilla y se da un par de palmadas con la mano. – Ándale… es tu momento. Dame una razón… prueba tu suerte. De una vez te adelanto lo que viene… van a ser tres golpes: el tuyo, el mío y el de tu cabeza contra el suelo… sólo tres jodidos golpes.

Ernesto mira hacia la ventana. Empiezan a salir lágrimas de sus ojos.

Su padre permanece unos segundos en la misma posición. Después se reincorpora, vuelve a arremangarse la camisa. Toma el saco y se lo pone. Rodea el escritorio, se sienta en su silla y le da otro trago al whisky.

– Justo lo que pensé… mucha charla y poca acción. Eso me pasa por darte todo lo que yo no tuve. Todo es mi culpa por criar a un junior de mierda. No deberías tener el nombre que tienes… te queda grande… ahora lárgate y ve preparando las maletas, porque te vas el próximo lunes.

Ernesto se limpia las lágrimas con las mangas de su abrigo, se levanta de la silla y sale de la oficina.

Cruza la calle, abre la puerta del Porsche y saca uno de sus cigarros de la guantera. Se sienta en la defensa y le da una fumada. El jefe de escoltas de su padre sale de la camioneta y se le acerca.

– ¿Me prestas tu encendedor?

– Claro.

El jefe de escoltas enciende su cigarro con el zippo de oro que le ofrece Ernesto.

– ¿Qué dice tu papá? ¿Sigue enojado?

– Ya no. Me dijo que voy a ser su mano derecha en la campaña.

– Que buena noticia. Verás que vamos a ganar.

– Seguro que sí.

Ernesto se termina el cigarro y lo apaga con el zapato.

– ¿A poco ustedes cargan armas?

– Pues sí. Estamos autorizados para portarlas.

– ¿Puedo ver la tuya?

– ¿Y eso?

– Quiero dispararle a Humberto.

El jefe de escoltas se ríe. Ernesto también se ríe.

– Nomás es para verla. No seas paranoico.

– Está bueno pues – el jefe de escoltas saca su arma de la cartuchera y se la extiende a su interlocutor.

Ernesto la toma, le quita el seguro y corta cartucho. Camina hacia donde está Humberto, le pone la pistola en la cabeza y aprieta el gatillo. Se escucha un estallido y los sesos del escolta salpican la banqueta. Cae al piso y empieza a convulsionarse. Saca espuma por la boca. Muere unos segundos después. Los otros dos guardaespaldas no saben qué hacer, así que no hacen nada.

Don Ernesto baja corriendo y cuando llega a la puerta de la oficina también se queda pasmado. Su hijo lo mira con una sonrisa, le guiña el ojo, deja caer la pistola sobre el cadáver, camina hacia el Porsche, se sube, lo enciende y arranca.

El automóvil se aleja a toda velocidad y don Ernesto no puede dejar de pensar en todos los delitos que deberá cometer para que nadie se entere de lo que acaba de suceder.




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