Jaime_Sabines (1)

Algo sobre el poeta Jaime Sabines

A César Alejandro

__ ¿Disculpe, es usted Jaime Sabines?

La figura del poeta era inconfundible, un rulo que colgaba de la frente surcada por arrugas y en los labios un cigarro Delicados que se consumía junto a su mirada.

Luego de 34 intervenciones quirúrgicas el poeta llegó al mar.

El mar de Huatulco, en la costa de Oaxaca.

-¿Cómo fue que me reconociste?

La figura del poeta era inconfundible luego de tantas y tantas reimpresiones de su libro “Recuento de poemas”, de Joaquín Mortiz. En las primeras páginas venía un dibujo a tinta de su rostro.

Para encontrar vida en medio de su enfermedad, el poeta Sabines se acercó al mar. Lo acompañaban en aquel año 1993,  su esposa, Chepita,  y Julito, su hijo, el mismo infante del poema.

A propósito del aniversario 90 del poeta nacido el 25 de marzo de 1926 y fallecido el 19 de marzo de 1999, los recuerdos de aquel dichoso encuentro se agolpan en la memoria.

A ese hombre en silla de ruedas le gustaba el whisky Etiqueta Negra. Bebía en su postración rotundos tragos en seco, sólo con dos piezas de hielo.

_Voy a beber algo, ¿gustas acompañarme?

La voz de las grabaciones tantas y tantas veces escuchadas permanecía en el hombre. Tía Chofi.

Era generoso con quien se acercaba a su mesa. Derramaba poesía y entusiasmo desde su convalecencia. “Dicen que el corazón del hombre, como el mar, nunca descansa”, dijo.

En ese tiempo algunos aseguraban que ya había muerto. El poeta más popular de México escondía su figura de los ojos de la prensa.

_ Sólo conversemos, no doy entrevistas– dijo el poeta.

La botella de ¾ de whisky transcurrió pronto junto Sabines.

Tengo en la cabeza el ruido que produce el chocar de los hielos en el vaso de cristal. Recuerdo que ese día yo venía de un dolor fuerte, se había suicidado por amor un querido amigo. Una mujer mala, una mujer simple. Una mujer fue la causa del suicidio.

Yo andaba por el aeropuerto de Bahías de Huatulco para recoger el periódico que me llegaba desde la ciudad de Oaxaca. Por eso fue que encontré aquel día a Jaime Sabines, por casualidad, por suerte, porque ya estaba escrito en mi destino.

_ ¿Tú escribes poesía? –preguntó el poeta.

La generosidad del whisky en medio del calor del mar obligaba a la prudencia, la imponía. El hombre sentado en su silla de ruedas, recobrando la salud.

_¿Qué le recomienda Jaime Sabines a los jóvenes poetas de este país? –atiné a preguntar.

– Que vivan –respondió.

La tarde era otra, los dioses habían hecho posible lo imposible, conversar con el poeta Jaime Sabines.

Luego los recuerdos se pierden en la sombra del espacio donde se documenta el equipaje. Y yo quedé ahí prendado, agarrado y dichoso de la hermosa vida.

 




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