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Giro negro

– Bueno.

– ¿Hablo con Adonis?

– Así es amigo. ¿Qué se te ofrece?

– Vi tu anuncio en el internet…

– Sí, soy yo. ¿Vas a querer un servicio?

– ¿Se puede hablar libremente por teléfono?

– Claro. No es ilegal lo que hago.

– ¿Cuál es el costo entonces?

– Son mil pesos por una hora y mil quinientos por hora y media. Tú dime en donde nos vemos y yo llego.

– Eh… ¿Qué te parece en mi camioneta? Podemos vernos atrás del Parque del Amor.

– Olvídalo amigo. No hago ese tipo de servicios. Tiene que ser en un motel o una casa.

– Bueno… ¿Qué te parece el motel Columbia, a las seis de la tarde?

– Me parece bien. Mándame por mensaje el número de habitación cuando estés ahí.

– Sólo una cosa… ¿tengo que llevar preservativos?

– Como quieras. Yo siempre llevo de todas formas.

– Hecho… ahí nos vemos.

Dos horas después Adonis estaciona su motocicleta afuera del hotel y se sienta a fumar un cigarro. Son las seis de la tarde. Es un día nublado. Los pastizales de los alrededores se balancean por la brisa. Empieza a hacer frio.

Mira su celular. Tiene un mensaje: “Habitación 13”. Tira su cigarro y se dirige hacia allá. Hay una minivan estacionada en la entrada.

Toca dos veces. Alguien se asoma a través de la mirilla. Pasan unos segundos y quita la cadena de la puerta. Abre. Adonis entra. El cliente es un hombre bajo de estatura, delgado, calvo y con anteojos. Se ve asustado.

Adonis se quita la chamarra de piel y la coloca en el respaldo de una silla. Se sienta y pone sus botas sobre la mesa. Lleva una camisa de cuadros y unos pantalones vaqueros. Mira al hombre que no se ha movido de la puerta.

– ¿Cómo te llamas? – le pregunta.

– Ricardo.

– ¿Habías hecho esto antes?

– Nunca.

– Siéntate.

Ricardo toma asiento en la otra silla. Le tiemblan las rodillas. Se quita los anteojos y los pone sobre la mesa. Los dos hombres se quedan callados un momento.

– Eres muy guapo – dice Ricardo.

– Gracias.

– ¿Alguna vez pensaste en ser actor? Te pareces a Robert Redford.

– Se podría decir que lo intenté y se podría decir que no funcionó. Creo que eso es evidente.

– ¿Por qué te dedicas a esto?

– ¿Tienes el dinero que acordamos?

– Ah… claro… claro – Ricardo saca su cartera y le extiende a Adonis dos billetes de quinientos pesos. Le tiemblan las manos.

Adonis mira su reloj.

– Bueno Ricardo. Son las seis de la tarde con diez minutos. Tenemos una hora. ¿Qué es lo qué quieres?

– Quiero… penetrarte.

– ¿Sabes leer?

– ¿Qué? – pregunta Ricardo.

– ¿Qué si sabes leer?

– Sí… supongo que sí.

– Entonces habrás leído mi anuncio, donde dice que soy activo… no pasivo. Si lo que quieres es cogerte a alguien, debiste haber contratado a uno de los maricas que se anuncian en la misma página que yo.

– Ninguno era tan guapo como tú.

– Eso no cambia mis condiciones.

– ¿Y si te ofrezco otros mil pesos?

– No lo creo.

– ¿Dos mil pesos más?

Adonis mira a su interlocutor. Mide unos veinte centímetros menos que él y es mucho menos corpulento. Fácilmente podría golpearlo y quitarle el dinero. Por la minivan de la entrada, es obvio que tiene familia y jamás tendría el valor de denunciarlo. Parece muy sencillo. Pero uno nunca sabe. Muchos estaban muertos por querer pasarse de listos. Nunca había que subestimar a nadie en ese negocio.

– Está bien. Dame el dinero.

Ricardo sonríe, saca el dinero de su cartera y lo desliza por la mesa.

Una hora y media después Adonis estaciona su motocicleta en una calle de la Colonia Primero de Mayo. Baja y camina por uno de los callejones hacia la casa de su vecina. Toca la puerta y ella abre casi de inmediato. Es una señora de unos sesenta años. Usa vestidos que ella misma hace en su máquina de coser.

– Héctor… pásale. Ya comió Brenda. Está durmiendo en el sillón del cuarto de la tele. ¿Cómo te fue en el trabajo?

– Bien, señora. Le agradezco mucho de verdad. No es fácil criar una hija solo. Tenga, por las molestias – Héctor le ofrece doscientos pesos.

– Para nada, no es molestia. Me encanta tenerla aquí. Desde que mis hijos se fueron estoy muy sola. Además se porta muy bien – a pesar de lo que dice, toma el billete.

Héctor entra al cuarto de la tele. Su hija duerme en el sillón. En la televisión pasan un programa de comedia. Los actores cuentan chistes y una carcajada pregrabada se escucha al final de cada uno, como para avisarle al televidente que ha llegado el momento de reírse.

Carga a su hija y se despide de su vecina. La lleva hasta su casa y la recuesta en su cama. La cubre con las cobijas y ella abre los ojos.

– Papito, ¿Cómo te fue en el trabajo?

– Bien, mi amor. Hice un buen negocio. Tal vez podamos ir a la playa este fin de semana. ¿Te gustaría eso?

– Claro que sí. ¿Has hablado con mamá?

– Me llamó hoy a la oficina. Dice que te extraña mucho.

– Yo también la extraño.

– Bueno, ahora duerme – le da un beso en la frente y sale de la habitación.

Sube a su cuarto y se dirige a la terraza. Se apoya en el barandal y mira los tejados de las casas que se aglutinan unos sobre otros como una maleza opaca.

Se escucha un estallido a lo lejos y unos fuegos artificiales iluminan la noche de repente, tapando las estrellas y dejando tras de sí una estela de humo que se visualiza a través del reflejo de las nubes.

Héctor recuerda lo que solía decirle un amigo acerca del negocio. Que uno no sólo vende su cuerpo, sino también su alma. Y que cuando toda la esencia y la dignidad de un hombre son vomitadas en el piso de algún motel, el mundo no se detiene… y lo único que permanece es un dolor silencioso y atroz.

Las luces de los fuegos artificiales se expanden en el cielo y sus destellos caen al suelo como si fueran proyectiles que se disparan desde arriba para exterminar a los habitantes de la medianoche que deambulan sin rumbo por las calles de la ciudad.




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